https://www.cuerpomente.com/medio/2020/06/11/redes-de-apoyo-compartir-momentos-dificiles_ed7861ed_1200x1200.jpg

A media mañana del 11M, Antonia –una madrileña de mediana edad– recibe una noticia terrible: un atentado acaba de convertir el “hasta la tarde” con el que se despidió su hija adolescente en un adiós definitivo. Antonia recorre con su marido varios hospitales hasta llegar a un centro habilitado por el Gobierno para informar sobre la crisis. Allí le confirman que su hija es una de las fallecidas.

A partir de ese momento, los recuerdos de Antonia y de su marido se confunden con un fondo de agobio creado por unos jóvenes –que se han identificado como psicólogos– que los exhortan a llorar, expresar su dolor, tomar tila, avisar a los familiares… Otro grupo de psicólogos en aquella noche interminable les alienta a no sentir culpa, afirmando su convencimiento en lo transitorio del dolor. Antonia y su esposo explicaron mucho después tanto su extrañeza por esa atribución de culpa como su incredulidad sobre el tópico del dolor menguante con el tiempo: ellos sentían que sus vidas estaban definitivamente arruinadas.

¿Qué opción tenían para sobrellevar una crisis de estas trágicas características? En situaciones de grave estrés, los vínculos tradicionales, las redes de personas, pueden ayudar a amortiguar el dolor.

Transformar el sinsentido en solidaridad

El catedrático de psiquiatría Enrique Baca Baldomero sugirió en un artículo la necesidad de dudar del tópico que otorga virtudes salutíferas al envío de psicólogos cada vez que ocurre una catástrofe.

Ya en 2006, el profesor holandés Marit Sijbrandij constató que no hay pruebas de que el debriefing (las técnicas de intervención en crisis) sea terapéutico y sí algunos datos que pueden hacer sospechar efectos yatrogénicos de esas intervenciones. Este autor afirma que el debriefing puede acentuar más que eliminar la respuesta ansiosa ya que estandariza la expresión del duelo a un guión universal que ignora los rituales de duelo específicos de cada cultura.

Un ejemplo es lo que pasó a las familias de unos pescadores ahogados en la Costa da Morte gallega en 2007: huyeron del ayuntamiento y de los psicólogos enviados por la autoridad para irse a rezar y beber orujo a un lugar donde tradicionalmente el mar devolvía los cadáveres de los náufragos. Allí se les juntó la práctica totalidad del vecindario, que repetía lo que siempre se había hecho.

Si la ayuda profesional puede ser contraproducente en situaciones de grave estrés, ¿qué alternativa hay en las sociedades modernas, en las que los vínculos tradicionales que amortiguaban el dolor han desaparecido en buena manera?

Una respuesta la podemos hallar en el libro Desde dentro, editado por Amador Savater, que narra la experiencia de una Red Ciudadana que, tras el 11M, trabajó para rescatar el dolor de las víctimas, tanto del intimismo que lo aislaba en cada casa como del profesionalismo que lo estandarizaba, para devolverlo a la memoria colectiva.

La red, formada espontáneamente sin ayuda estatal o profesional, probó a enfrentar la muerte desde lo común, recreando las tramas sociales que antaño acompañaban al infortunio.

En un texto, articulado como un palimpsesto, los distintos autores participantes de la Red Ciudadana se cuentan y nos cuentan cómo se enfrentan a la desolación e indefensión que trajo el atentado.

Refieren cómo, al sentir el dolor de las víctimas, algunas buenas gentes empezaron a padecer con los familiares, emergiendo vínculos informales y transformando el sinsentido en solidaridad. Ante la muerte de tantos, algo despertó en la subjetividad colectiva que aportó una especie de transfusión afectiva a los supervivientes que los protegió de la desesperación.

Ayuda natural para superar el trauma

Los relatos recogidos por Amador Savater confrontan lo real del consuelo que manaba de las reuniones de una Red dotada de saber común, con la vivencia de la artificiosa ayuda profesional de los Centros de Salud Mental.

Frente al despacho del psicólogo que afirmaba su empatía pero nunca tenía tiempo fuera de la cita de 30 minutos y desaparecía por vacaciones, en las reuniones de la Red Ciudadana el tiempo era elástico, los espacios de habla combinaban la asamblea con salidas al campo o a la esquina. Los grupos crecían o disminuían según las necesidades y humores de las personas.

Respuestas al infortunio como las referidas cuestionan la pretensión de omnipotencia técnica y dejan en evidencia las limitaciones de esta para contener el duelo o el sufrimiento derivado de las circunstancias adversas de la vida, e incitan a reconstruir el arte de consolar o aliviar el dolor conservado en la antigua comunidad.

Una algodicea que, lejos de hallar el sentido de la muerte en la teodicea o el plan divino, haga circular el dolor por los diálogos amistosos para, desde esa condolencia, recrear una comunidad que la muerte o el infortunio amenaza destruir.

En alguna reunión de la Red tras el 11M, varios miembros se preguntaban cómo seguir levantándose cada mañana o cómo cruzar una calle tras sentir que una bomba cancela todo el futuro en un segundo. Ellos mismos se responden: juntándonos, porque al poner en común el dolor, la memoria colectiva de los vivos recoge la cita que los muertos dejaron y, al hacer que sus voces reverberen o que sus proyectos continúen, logran que los vivos no se abandonen al abatimiento.

Y si esa comunión de personas ayuda en situaciones extremas, igual o más sirve en los avatares menos trágicos, como encarar el futuro sin trabajo, afrontar una enfermedad o reconstruir la vida tras una ruptura familiar.

Como colofón cabe decir que Antonia y su marido, lejos de participar en esas redes, siguieron el protocolo terapéutico diseñado por la sanidad pública para limitar los daños del atentado. Años después, la pareja seguía consumiendo de forma continua antidepresivos y ansiolíticos.

Las familias de los pescadores que escaparon de los psicólogos, en cambio, recurrieron al saber común depositado en las tradiciones comunitarias. Sus vecinos, a diferencia de los psicólogos, no desaparecieron cuando aparecieron los cuerpos y evolucionó la crisis. Familias y vecinos continuaron juntos tras el velatorio con misas y maldiciones contra la mar.

En la celebración del “cabo de año”, el testimonio de una de las viudas explicitó que había sentido su pena compartida “porque cuando la campana tocaba a muerto, todos sentían que era por uno de los suyos”. Las redes sobre las que escribe Amador Savater lograron ese entorno de solidaridad comunitaria que aún les lleva a salir juntos de excursión para confortarse y consolarse de las ausencias.