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Qué hacer si un hijo adolescente fuma porros. Es una consulta realmente frecuente, tanto a los médicos de familia o cabecera, como a otros profesionales de la Sanidad, y a psicólogos y psicoterapeutas. Pero también la gente pregunta en las webs, en las redes sociales, en la calle, entre amigos, a otros padres…

Podemos decir que las tres respuestas más frecuentes son la banalizadora, la dramatizadora y la autoritaria…

La primera: “bueno, no es tan grave, yo también fumo o fumé” (y sus derivados). La segunda, montar un drama al enterarse de ello, pero sin poner medidas de cuidado, cariño y atención a continuación. La tercera, montando o no un drama previamente, dedicarse a prohibir, perseguir, castigar, vigilar

Ninguna de las tres formas de respuesta es la más oportuna pero, antes de conocer la manera adecuada de reaccionar, hay algunas cosas que debemos saber previamente:

  • Es un problema habitual. El consumo de marihuana (la hoja seca del cannabis), hachís (la resina de la planta), o similares, es relativamente frecuente entre nuestros adolescentes.
  • Pero no debemos dramatizar. En realidad, los estudios españoles amplios, como el ESTUDES, del Ministerio de Sanidad, hacen evidente que lo consumen (y ocasionalmente) una minoría de los adolescentes, alrededor del 30%.
  • Ni tampoco banalizar. No vale decir: “No pasa nada, no tiene efectos perjudiciales”. Primero, porque esos datos significan que en 2018 empezaron a consumir cannabis 222.000 estudiantes de nuestro país, y de ambos sexos. Segundo, porque todas las drogas y fármacos tienen efectos perjudiciales.

    Todas las sustancias exógenas al organismo, incluso las terapéuticas, tienen un nivel inofensivo o incluso terapéutico, y un nivel de toxicidad o intoxicación para el organismo. Con el inconveniente añadido de que las sustancias psicoactivas, como el THC (el componente fundamental de la marihuana y el hachís), poseen unas propiedades adictivas, es decir, invitan a repetir su uso.

  • Conviene evitar el autoengaño. No es adecuada la conducta banalizadora cuando es “autojustificadora”, para “autoengañarnos” (nosotras mismas o nuestro hijo). Ese “autoengañarse” es el aspecto que más estimula la dependencia posterior: es una característica relacional a la que hay que estar especialmente atentos.

¿Cómo afecta el hachís a su salud?

La realidad psicobiológica es que los resultados del uso del hachís o similares, como de cualquier otra droga psicoactiva (incluido el alcohol) son siempre graves si el uso es continuado. Es importante conocer sus efectos perjudiciales para poder comunicárselos siempre a nuestro hijo o hija. Pero no para discutir sobre ellos. Hay que considerar que “es lo que hay”. Sus efectos no tienen discusión.

Otra cosa es el uso terapéutico del THC, que puede darse en casos y situaciones muy especiales y límites. Pero el uso supuestamente “recreativo” hay que hablarlo con nuestro hijo, preguntándole y preguntándonos. También son muy comunes las borracheras de los púberes y adolescentes y los “botellones”. Tal vez de nuestra hija o hijo.

Pero cada una significa un coma o un subcoma, es decir, la muerte de millones de neuronas, con las consiguientes alteraciones en la consolidación de ciertos circuitos del sistema nervioso central, los cuales se establecen de forma definitiva en la adolescencia y la postadolescencia.

Hoy se sabe que los efectos son diferentes entre un consumo breve u ocasional y un consumo prolongado. Pero efectos secundarios siempre los hay.

  • Si se consume ocasionalmente

Los efectos más demostrados del consumo ocasional de estas sustancias son una disminución de la memoria a corto plazo, lo que puede llevar a problemas de aprendizaje y dificultades en la retención de información, alteraciones en la coordinación motora (con un aumento del riesgo de accidentes si se usan máquinas o se conduce), alteración del juicio de realidad (que puede llevar a conductas sexuales, o no sexuales, de riesgo), etc.

  • Si la dosis o la continuidad del consumo son altas

En este caso, los principales riesgos son la adicción y pérdidas y modificaciones en el desarrollo cerebral, sobre todo si el uso comienza en la pubertad o primera adolescencia.

También se dan pérdidas cognitivas consecutivas, disminuciones del rendimiento académico, mayor posibilidad de enfermedades pulmonares, asma y enfermedades cardiovasculares, alteraciones en el desarrollo emocional, baja de la autoestima y aumento de la insatisfacción vital y social.

Asimismo, se da un aumento del riesgo de trastornos mentales, en parte porque los facilita y en parte porque se ocultan desarrollos psicopatológicos ya alterados… Por ejemplo, muy a menudo, la psicosis temprana tarda más en diagnosticarse porque su sufrimiento mental se oculta tras la marihuana.

¿Qué chicos o chicas tienen más riesgo de empezar a consumirlos?

Hay muchos datos científicos sobre qué es lo que facilita el uso de cannabis de forma crónica. Los factores de riesgo para ese uso, claramente peligroso, son el uso de cannabis o tabaco por parte de la madre o el padre, los factores socioeconómicos graves (penurias, pérdidas y cambios en el estilo de vida, adversidades en la infancia…), los problemas relacionales graves o persistentes del joven o la joven, las alteraciones, disfunciones y problemas familiares graves, el acceso fácil al cannabis y derivados, el consumo habitual en el medio familiar o social…

¿Qué hago si creo que mi hijo o hija fuma porros?

Pues nuestra recomendación puede ser muy clara. Solemos resumirla así: hable con ella o con él. De entrada, de acuerdo con su pareja, mantengan al menos una conversación calmada y tranquila con el hijo. Juntos o uno solo. Interrúmpala si la situación “se calienta demasiado”.

Es mejor seguir en otro momento que acabar gritando y peleándose.

La idea global es la que solemos defender para el cuidado de la infancia y de las personas en situación de dependencia: pasar más tiempo con los hijos, disfrutando de ellos. La adolescencia es una aventura para los hijos, pero también para los padres. Para aquellos, una aventura –o serie de aventuras–, un viaje hacia un futuro desconocido. Para los padres puede conllevar también interesantes aventuras y es el “doctorado de la vida”.

  • Ni “colegui”, ni policía

Habla con ellos, sí, pero sin convertirte en un “amiguete” ni tampoco en un policía. ¡Cuántas cosas interesantes puede enseñarte tu hijo, en las que no has caído y que, sin su ayuda ni la de sus “compas”, no podrás conocer jamás! Conciertos, bandas, tipos de música, Internet, excursiones y un etcétera interminable. ¿Te lo vas a perder? Explora sus gustos, actitudes, relaciones…

Habla sobre el cantante o la figura pública que le atrae, comenta si toma drogas y las consecuencias que han tenido en él o en otros, sin escatimar en los detalles (sobre las sobredosis, adicciones, miserias…), pero sin quedarse solo en ellas.

  • Expresar sí, pero sin dramas

En momentos calmados puedes explicarle que no estás de acuerdo con que fume porros y exponerle los peligros de hacerlo. Pero no para asustarle, sino porque “es lo que hay”. Las discusiones iracundas no sirven de mucho en estos casos. Pueden convencerle incluso de que “no hay quien hable contigo”.

¿Por qué se ha enganchado a los porros, la maría…?

Él o ella es quien mejor puede responder a esa pregunta. Primero conviene, y sin dramatismos inútiles, preguntarle cómo y por qué usa esa droga. Y eso significa escucharle. Por ejemplo, ¿lo hace “para probar”, por exploración, por curiosidad…? En base a ello, aclárale los riesgos, pero sin dramatizar ni atosigar.

  • Puede ser una cuestión emocional

¿Lo hace porque los demás lo hacen? ¿De verdad? ¿De verdad es así, o eso es un subterfugio o una forma de “salir del paso”, o incluso lo que preferimos oír nosotros para autoengañarnos? En último término, nos está hablando de un tema de identidad, de quién quiere/puede ser.

¿Tal vez nuestro hijo/a es especialmente vulnerable, falto de identidad, o con una fragilidad en su forma de relacionarse con él mismo y con los demás? Entonces tendremos que preguntarnos nosotros por qué es vulnerable, qué le ha llevado ahí. Y, en consecuencia, cómo ayudarle en su seguridad, autoafirmación, autoestima…

Si tu hijo te dice que consume “para no pensar en los problemas”, para aliviar la rabia o el dolor, puedes decirle con firmeza, pero no con insistencia, que las drogas solo empeoran su problema de fondo y que eso significa que necesitáis ayuda.

No es fácil orientarle, incluso contando con la ayuda de amigos y compañeros, algo que debemos buscar.

Habitualmente lo vemos tan complicado que cerramos los ojos o caemos en actitudes autoritarias. Pero hay claves para entenderle: ¿Sabes cómo se ve él mismo y vosotros? ¿Sabes también cómo le ven los demás (otros familiares, sus amigos, los padres de sus amigos, sus compañeros o compañeras…)?

  • Quizá no lo considere peligroso

De entrada, replantéate seriamente: ¿Tú o tu pareja fumáis o habéis fumado porros delante de él o habéis banalizado su uso o le habéis quitado importancia? Sin dramatizar, pero hay que reconocer que eso es una equivocación. Explorar es una cosa y necesitar, adiccionarse, otra.

Primero habrá que desbanalizar las conductas adictivas familiares: no solo con el cannabis, sino con el alcohol, otras drogas o los juegos de azar… A partir de aquí, tú y tu pareja deberíais preguntaros por el clima emocional de la familia.

Si está alterado, hay que preguntarse cómo mejorarlo de forma urgente, con ayudas de familiares, allegados, amigos, o con ayudas profesionales… No basta con “mi hijo fuma porros” y poner en él los problemas. El problema suele ser familiar, sobre todo en este consumo grave o continuado.

No nos autoengañemos porque el autoengaño es también una adicción y la base de todas las adicciones.

¿Veis en vuestro hijo o hija inhibiciones importantes en el desarrollo de su deseo, su erotismo o de sus tendencias a vincularse con los demás?

Lo realmente preocupante es si tu hijo o hija solo establece relaciones a través de los porros y con gente que fuma porros o si los necesita para poderse comportar con espontaneidad o soltura en sociedad ¿Ha presentado siempre dificultades ante las separaciones o tendencias al aislamiento? Son dos claros factores de riesgo para las adicciones.

  • ¿Y si lo necesita para calmarse?

Eso podría explicar su conducta: ya lo necesita para dormir, para poder aguantar con menos tensión una quedada, una reunión, la clase… Si eso le ocurre de forma continuada o frecuente, probablemente esté sintiendo importantes dificultades de relación y se da o puede darse una adicción.

Deberías consultar ya esa situación.

No con especialistas en biología cerebral o en clasificaciones psiquiátricas, sino con un especialista en relaciones: un psicoterapeuta de la adolescencia.

Pero que sea un psicoterapeuta del que sepamos su formación, su supervisión, la evolución de otros casos que ha llevado… No porque sea el vecino, el hijo de, un amigo, el más próximo o el más fácil de consultar…

Las soluciones que un experto le propondrá tienen mucho que ver con los ambientes y medios que hay a vuestro alrededor: en vuestra comarca, ciudad, comunidad autónoma… Hay que saber del tema.

Hoy se dan grandes diferencias entre comunidades autónomas en estos temas, y graves desequilibrios en la provisión de cuidados para estos problemas, máxime por causa de los recortes que políticos abusivos están aplicando en la sanidad pública. En este caso, aunque no siempre es un problema forzosamente grave, sí puede ocultar problemas graves y no es fácil de solucionar…

Orientaciones para evitar que fume porros

Cómo evitar que un hijo fume porros es algo que depende de la familia y el contexto, por lo que no suele resultar útil dar recetas simples. Pero sí podemos seguir algunos consejos:

  • Los hijos se deben sentir amados, independientemente de sus conductas. Incluso más si estas son conflictivas. Recuerden el proverbio chino “Ámame cuando menos lo merezca, ya que es cuando más lo necesito”. Pero amar, querer, no significa condescender, ni transigir y autoengañarnos. Debemos transmitir unos límites para sus exploraciones y conductas, pero unos límites razonables y razonados.
  • Si tú o tu pareja fumáis porros, o incluso tabaco, difícilmente podrás impedir que tu hijo lo haga.
  • En ocasiones, darle responsabilidades, hacerle sentir que se confía en él/ella, en vez de retirarle la confianza porque fuma, puede ser un buen recurso.
  • Mantén con él o ella conversaciones sobre sus gustos y deseos, pero sin imponer los tuyos al respecto. Hay que escuchar al hijo para poder acompañarle en su crecimiento en función de sus gustos, ambiciones, habilidades, etc. Esa es la mejor forma de que tengan intereses, incluso intensos y pasionales, que les hagan disminuir la tendencia a buscar momentos de desinhibición a través de las drogas.
  • Fomenta en toda la familia un estilo de vida sano: asociacionismo, excursionismo, actividades en la naturaleza, ejercicio físico, deporte, cultura de todo tipo…
  • Intenta conocer a sus amigos y su medio. A veces puede dar pereza, pero si te pide que le lleves o traigas de un concierto o fiesta, hazlo. Y si buenamente puedes conocer el ambiente, interésate por él. No lo denigres de entrada.
  • Ocúpate y muéstrate preocupado o preocupada por la mejora de los medios de la sanidad pública para el cuidado de este tipo de problemas y para que no se encaren estas situaciones con “pastillas y solo pastillas” o “pastillas al por mayor”.
  • Actúa para que este tema se trate más en los medios de comunicación públicos y que se haga de forma más abierta y más científica. Los medios de comunicación poseen un poder inmenso en este ámbito y los pagamos entre todos. Por eso los medios públicos deberían insistir mucho más en campañas, debates e informaciones, pero no comercialmente dominados.