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Cualquiera que haya acudido a la sala de espera de una consulta psiquiátrica se habrá llevado algunas sorpresas.

La primera, la gran cantidad de gente que “está de psiquiatra”. Esta observación coincide con los datos epidemiológicos de una reciente encuesta: el 30% de la población española ha consultado a un psicólogo o psiquiatra durante los dos últimos años, los trastornos psiquiátricos son la segunda causa de baja laboral y un ansiolítico de bajo precio es el segundo fármaco más vendido.

Junto con la cantidad, sorprende también la variedad de sufrimientos que coexisten en la espera. Algunos pacientes hablan solos o tienen los estigmas de gordura y parkinsonismo del trastorno mental grave, otros charlan con desparpajo de sus problemas y de las dificultades o facilidades para lograr la baja.

En ocasiones la sala parece un muro de lamentaciones con pacientes exhibicionistas que cuentan sus males: “a mí me duele todo y como no me aciertan me mandan al psiquiatra por si es de los nervios…”.

Hay también personas que hace un tiempo habrían sido catalogadas de “viciosas”: borrachos, glotones, jugadores… sin embargo, actualmente sus adicciones son tratadas como una enfermedad.

Resulta igualmente sorprendente la facilidad con la que todos los consultantes aceptan que el sufrimiento y malvivir cotidiano puede remediarlo un psiquiatra.

El ‘proceso de psiquiatrización’ se ha acentuado en los últimos años hasta grados inverosímiles. El sufrimiento real que provoca el malestar urbano, las relaciones de provecho y los duelos de la vida cotidiana son etiquetados hoy, al igual que ayer, como “trastornos mentales”.

Pero los esquemas con que se transforma ese caos quejumbroso en trastorno psiquiátrico es nuevo. Ha desaparecido el mundo social y la posibilidad de un cambio real en las relaciones diarias, y hoy solamente se actúa contra lo que nos cansa en el trabajo, o nos impide dormir o amar, a partir de un diagnóstico como “queme laboral”, insomnio o anorgasmia.

Hoy todo tiene que ser etiquetado y para todo tiene que haber una respuesta “profesionalizada”, aunque el malestar no cesa de aumentar, seguramente por eso mismo.

El alcoholismo, un fracaso de la psiquiatría

William Griffith –conocido como ‘Bill W’– fue uno de los fundadores de Alcohólicos Anónimos (AA). Él, como miles de alcohólicos, pasó muchos años sometido a multitud de terapias sin dejar de beber.

En su peregrinación por las consultas, halló un psiquiatra honesto que le confesó tanto su fracaso en el tratamiento del alcoholismo (extensible a todos sus colegas), como la sorprendente cura de algunos alcohólicos tras su conversión religiosa.

William, desesperanzado de la ayuda técnica, creó un grupo que bautizó como AA, basado en el apoyo mutuo y la recreación de redes sociales, que se ha convertido en el programa más eficaz y duradero para mantenerse sobrio que conocemos.

Frente a las múltiples doctrinas académicas sobre las causas y remedios del alcoholismo –que van desde lo genético- metabólico hasta la homosexualidad latente propuesta por Freud–, AA descubrió la verdad del barquero: el alcohólico debe aceptar su incapacidad de control-abstinencia frente al alcohol.

Aprender a beber es el intento fracasado que ha dirigido la vida del alcohólico. Para curarse no necesita terapia sino, como dice el antropólogo Gregory Bateson, cambiar de paradigma y aceptar que la botella puede más que él y por eso no debe beber.

La abstinencia absoluta en una sociedad donde el alcohol preside la mayoría de los ritos interpersonales precisa de una mediación grupal, que en forma de apadrinamiento y cadenas de apoyo mutuo le proporcionen la capacidad de sobriedad que con la voluntad individual o con la ayuda técnica no ha logrado.

Este grupo no admite profesionales en sus reuniones, no trata de discutir con expertos, no hace proselitismo y no pide ayudas al estado. Los grupos se organizan de forma autónoma, con independencia económica, y afirman sus tradiciones: la mejor autoayuda es ayudar a los otros.

Después de un periodo de abstinencia, AA prescribe pedir perdón y reparar el daño causado a terceros por la mala vida que conlleva el alcoholismo. AA construye así un ejemplo de la necesaria continuidad entre la cura psicológica y la reforma moral.

Diferente al uso desculpabilizador de la respuesta psiquiátrica –“no fui yo sino mi enfermedad mental quién cometió el delito”–, el alcohólico, al aceptar su culpabilidad, recupera la dignidad.

Del dolor a la enfermedad: la fibromialgia

Frente a esos intentos de reapropiarse y autogestionar el sufrimiento psicológico, el pensamiento dominante convierte cualquier dolor en enfermedad.

Nada mejor para ejemplificarlo que el relato autobiográfico que Manuela de Madre realiza en Vitalidad crónica:

“Al oír la palabra mágica, habría saltado al otro lado de la mesa y habría abrazado a ese médico… ¡cuánto le quise! La palabra en cuestión era fibromialgia. El doctor Miquel Vilardell me acababa de informar de que los síntomas que le había descrito, los resultados de las pruebas y análisis, y el descarte de otras enfermedades daban como resultado concreto que padecía fibromialgia.

Por fin tenía la seguridad de que no me lo había inventado, no me había vuelto majareta, ni estaba desquiciada, no era la menopausia, ni los nervios. Había una palabra que se correspondía con una enfermedad reconocida por la OMS en 1993 y que está registrada con la referencia M729,0.

Dicho así, a bote pronto, tal vez cueste entender que una persona salga de la consulta del médico dando saltos de alegría cuando le acaban de diagnosticar una enfermedad crónica. Sin embargo yo sentí alivio. No había cura para el dolor, ni se desvanecía la fatiga pero sí terminaba con la incertidumbre”.

Miles de pacientes han repetido este discurso, identificándose como fibromiálgicos. Las asociaciones de fibromiálgicos lograron del parlamento catalán la creación de media docena de unidades hospitalarias especializadas, con técnicos en dolor que prescriben una escalada de analgésicos y cócteles farmacológicos contra unos dolores que, lejos de encuadrarse en el cuerpo, debieron ser interpretados como dolores del alma.

En ocasiones, los acontecimientos vitales, los dramas biográficos, son tan dolorosos que su memoria resulta imposible. La somatización emerge cuando esas vivencias traumáticas se acumulan y se expulsan de la memoria y de la palabra, expresándose a través del cuerpo, metaforizándose como dolores.

Los síntomas fibromiálgicos son, en ese sentido, la traducción corporal de un dolor vital del que la persona solo sabe huir.

Pero cualquier relación que busque dar sentido al sufrimiento o trate de verbalizar su psicodinamia sufre una airada descalificación por parte de usuarios y gestores sanitarios, que afirman la evidencia del síndrome pero jamás evalúan la yatrogenia de los tratamientos que aplican.

Lo ocurrido con la fibromialgia se corresponde con la visión utópica de la salud que la OMS prometía para el año 2000: “La salud como máximo desarrollo de las capacidades humanas”, una desmesura que ha llevado a buscar un remedio contra la infelicidad en el consultorio médico.

El “no disfruto de la vida” tratado como síntoma depresivo es la caricatura de un programa que promete la felicidad aquí y ahora gracias a los fármacos y a las terapias racionales emotivas. Los niños hiperactivos, las anorexias, el asilo abarrotado de depresiones, el taller plagado de maltrato laboral…

La multitud vive su malestar como una epidemia curable en la consulta psiquiátrica. La esperanza depende, quizá, de los que ya no la depositan en los falsos remedios, como los fundadores de AA, sino que buscan una reapropiación colectiva de nuestras vidas y un mundo más amable en el que las personas se cuiden mutuamente.