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La serenidad es una de esas emociones que parecen estar ‘en peligro de extinción’. Nuestro ritmo de vida acelerado hace difícil encontrar esos momentos de tranquilidad y paz mental en los que nos sentimos relajados y a gusto con nosotros mismos, pero solo desde la serenidad pueden florecer las cosas buenas de la vida. La psicología positiva nos ofrece las herramientas para que obtengamos nuestra mejor cosecha de serenidad.

La serenidad es, hoy en día, poco habitual en nuestras vidas.

Tenemos tanto que hacer, tantas actividades y compromisos, tan poco tiempo, que la tranquilidad parece un lujo, algo reservado para algunas ocasiones especiales, para los lugares remotos o para personas iluminadas como los yoguis o los santos. Pero tanto la sabiduría tradicional como la ciencia actual nos dicen que la serenidad y la paz mental es algo muy importante para todos y que debemos cultivarla en nuestra vida cotidiana.

¿Podemos lograr momentos de serenidad?

La psicología positiva estudia los factores que permiten a las personas vivir más plenamente. Una de las investigadoras más importantes en este ámbito es la doctora Barbara Fredrickson de la Universidad de Carolina del Norte en Chapel Hill (EE. UU.). Ella ha encontrado que hay diez emociones positivas fundamentales que contribuyen a que la gente “florezca”, a que no solo sobreviva sino que funcione de manera extraordinaria, tanto en lo personal como en lo social. La serenidad es una de ellas.

La doctora Fredrickson ha observado que las personas experimentan serenidad si su entorno es seguro y conocido.

La serenidad se parece a la alegría, pero es más tranquila y se da sin que nos esforcemos por alcanzarla. Nos sentimos serenos al descansar tras un día de trabajo, al dar un tranquilo paseo por el campo, al acurrucarnos junto a la chimenea para escuchar nuestra música favorita…

Barbara Fredrickson señala que la serenidad, la paz mental, hace que tengamos ganas de quedarnos donde estamos y absorber el momento, saborear nuestras circunstancias y, más adelante, integrarlas a nuestra vida más plenamente. La investigadora comenta que, cuando nos decimos a nosotros mismos “debería hacer esto con más frecuencia”, probablemente lo que estemos sintiendo sea, justamente, serenidad. Y hay muchas cosas que podemos hacer en nuestro día a día para estar más sosegados. Estas son solo algunas:

  • Hacer ejercicio. Cada día hay más evidencias de los grandes beneficios del ejercicio sobre nuestra salud física y mental. El psiquiatra John Ratey, de la Universidad de Harvard (ee. uu.), ha comprobado que el ejercicio puede tener efectos comparables a los de algunos medicamentos contra la ansiedad y la depresión: eleva los niveles de endorfinas y de dopamina en el cerebro, que mejoran nuestro estado de ánimo.
  • Vivir conscientemente. Se trata de poner toda nuestra atención en lo que estamos haciendo, no distraernos ni intentar hacer muchas cosas a la vez. No se puede poner atención simultáneamente a varias actividades. Aun cuando creemos estar haciendo varias tareas al mismo tiempo, en realidad estamos saltando de una a otra, cambiando rápidamente nuestra atención de un lugar al otro.

Somos más productivos y estamos más tranquilos cuando atendemos solo un asunto a la vez y le dedicamos nuestra atención completa.

  • Meditar. Todas las tradiciones espirituales incluyen una forma de meditación, ya sea sentarse en silencio durante un rato, repetir mentalmente una oración, una frase o un mantra, u observar nuestra respiración. Casi todas implican fijar la atención en algo y, al mismo tiempo, estar abiertos a la experiencia. Las neurociencias actuales están corroborando los beneficios de la meditación, que algunas tradiciones milenarias han conocido desde siempre. Barbara Fredrickson ha realizado varias investigaciones en las que ha comprobado que las personas que meditan, incluso si son principiantes, experimentan más emociones positivas, y que cuanto más meditan, mayores son sus niveles de “positividad”.
  • “Desconectarnos”. Podemos estar en contacto con decenas de personas cada día, tener comunicación con gente de diferentes países de forma instantánea y estar constantemente al tanto de lo que pasa en el mundo. Pero esta conexión permanente también tiene sus desventajas. Una de ellas es que nos sentimos siempre en alerta, siempre disponibles. Antes, cuando uno llegaba a casa, podía olvidarse de la oficina hasta el día siguiente, pero hoy nuestras oficinas virtuales nunca cierran y tenemos que hacer un esfuerzo para separar los espacios de nuestra vida y desconectarnos para recargar nuestras baterías físicas y emocionales.
  • Estar en contacto con la naturaleza. Si les pidiera que evocaran una imagen asociada con la serenidad, probablemente pensarían en un lago tranquilo, en un atardecer en el campo… Está comprobado que el contacto con la naturaleza eleva nuestros niveles de “positividad”.

Los investigadores sugieren que se debe a que su vastedad nos fascina y ocupa por completo nuestra atención, lo que contribuye a que nos sintamos más serenos.

  • Aprender a decir “no”. El doctor Ned Hallowell, profesor de la Universidad de Harvard, ha estudiado los efectos de nuestras vidas tan ocupadas. Sobre todo si somos muy entusiastas, tendemos a aceptar todas las peticiones y, al final, nos sobrecargamos. Aprender a seleccionar nos permite concentrarnos en lo que de verdad queremos y podemos hacer.

Explora tu conocimiento sobre ti…

Estas son algunas de las recomendaciones que me parecen más valiosas. Pero también me gusta pensar que cada persona es experta en su propia vida y, en consecuencia, puede encontrar qué le gusta y le funciona. Por eso quisiera invitarte a explorar tu propio conocimiento respondiendo a las siguientes preguntas formuladas por la doctora Fredrickson:

  • ¿Cuándo fue la última vez que sentí serenidad?
  • ¿Dónde estaba?
  • ¿Qué estaba haciendo?
  • ¿Con quién estaba?
  • ¿Qué otra u otras cosas me provocan esta sensación de serenidad?
  • ¿Qué puedo hacer en el presente para cultivar la serenidad en mi vida?