Ninguno de nosotros estábamos preparados para vivir una situación tan extrema como la un confinamiento debido a una gravísima crisis sanitaria. Cuando la situación nos sobrevino, no tuvimos tiempo para entrenarnos emocionalmente para pasar semanas (o meses) encerrados en casa, sin permiso para salir (excepto en unas pocas excepciones).

Con el paso de las semanas, el confinamiento está poniendo a prueba nuestro equilibrio emocional y muchas personas se muestran, cada vez más, irascibles en el trato con sus familiares, con sus vecinos o, incluso, en sus redes sociales.

Una opinión que he comprobado en mi consulta y que he tenido ocasión de leer repetidas veces, en diferentes foros y redes, es que algunas personas sienten este confinamiento como un castigo por parte del Gobierno. El encierro les parece una medida extrema y muestran su hartazgo –que a veces roza la desesperación– por el confinamiento.

¿Por qué nos sentimos castigados?

Obviamente, pueden existir múltiples factores para estar enfadados y agobiados por este confinamiento, pero hoy vamos a centrarnos en estos casos especiales que he detectado en mi consulta online y que pueden enlazar con la historia de otras muchas personas. Me refiero a la percepción de sentirse castigados por el encierro.

En otros artículos de este blog, ya he escrito de cómo el presente puede conectarnos con el pasado y despertar emociones que han permanecido ocultas durante años. En el caso que nos ocupa, hemos comprobado, en sus procesos terapéutico, cómo a algunas personas el confinamiento les ha retrotraído emocionalmente a los durísimos castigos que les infligieron sus padres en sus infancias.

El caso de Paula puede ser representativo de esta conexión inconsciente con el pasado. Cuando cumplíamos un mes de confinamiento, en una de nuestras sesiones online, Paula me confesó que ya no aguantaba más el estar encerrada.

Su parte racional comprendía que el motivo del confinamiento era la salud y la protección grupal pero, a nivel emocional, lo vivía como un verdadero castigo. Cada día, con más intensidad, sentía rabia contra los gobernantes que la “habían encerrado” y una incontrolable sensación de claustrofobia.

Cómo fuimos criados puede influir

Aprovechamos estas emociones tan intensas para conectar con su pasado. No le costó ningún trabajo enlazar con varios recuerdos en los que su padre la castigaba encerrándola, según su edad, de diversas maneras.

En la adolescencia, por ejemplo, si no cumplía con sus normas, la castigaba sin salir con sus amigas. De su infancia, también recordó algunos episodios traumáticos en los que, su irascible padre la encerraba durante horas en su habitación. Pero, la vivencia más demoledora, la vivió siendo más pequeña, con dos o tres años, cuando su padre, castigándola por no haber querido terminarse un plato de sopa, la confinó, durante un rato largo, dentro de un armario.

A Paula, esos minutos encerrada dentro del armario, le parecieron una eternidad.

En todas estas situaciones, el hilo conductor era el sentimiento de injusticia y la angustia por estar encerrada en contra de su voluntad. Estas emociones, que durante años quedaron guardadas en el inconsciente de Paula, nunca más la habían molestado, hasta ahora.

La situación actual sirvió como detonante de aquellos recuerdos traumáticos no resueltos y la empujó a revivir el dolor, la angustia y la impotencia que sintió de niña cuando su padre la encerraba.

Comprender lo que nos pasa para poder avanzar

Por primera vez en su vida, Paula tuvo la oportunidad de sacar su dolor y verbalizar las emociones y sentimientos que había guardado durante tanto tiempo. Pudo enfrentarse a su padre, desde la comprensión y la seguridad de la adulta, y reprocharle lo mal que se comportó con ella en su infancia y adolescencia.

Una vez liberadas sus emociones reprimidas, pudo reinterpretar la situación actual bajo otra mirada, una libre del dolor de su pasado.

Paula comprendió que la rabia que sentía contra los gobernantes era la rabia que había sentido contra su padre. Una rabia reprimida que jamás había tenido la oportunidad de expresar. Al poder liberarse de su pasado doloroso, la situación actual ya no era percibida como amenazante ni angustiosa. Por supuesto, Paula sigue teniendo ganas de salir a la calle, como todo el mundo, pero, por lo menos, ahora está llevando la situación de una forma más equilibrada.