Nos hemos acostumbrado a los chutes de adrenalina.
A vivir saltando de un estímulo a otro.
En la hipnosis de los ruidos y las luces de colores.

Otra marcha más que no recordarás.
Otra serie más que olvidarás.
Otro polvo más como el que se arranca algo del cuerpo.
Otra foto nueva más para ver si tiene más likes.

Nos hemos hecho adictos al sentir efímero.
A esa subida que nos hace creer que vivimos más si las emociones son cada vez más fuertes.
Si llenamos el tiempo de cosas y de gente.

Pero no es verdad.
Todo eso lo hacemos para no pensar.
Para no estar nunca solos con nuestras cabezas.

Porque ahí no podemos engañar a nadie.
Ahí sabemos de nuestro vacío y nuestra angustia vital.
Entonces lo tapamos todo.

No queremos vernos a nosotros mismos.
Y lo único que nos calma es la evasión.
Tenemos un instante y lo que hacemos con él es salir otra vez fuera del cuerpo.

Al deseo que nunca parece extinguirse.
Abrimos otra aplicación y elegimos qué comer ya.
Qué cara nos gusta más.

Tonteamos un poco, nos sentimos bien.
Ponemos un tuit gracioso.
Nos aplauden.

Nos sentimos todavía mejor.
Empezamos a ver un capítulo que no sabemos si nos interesa pero ahí lo dejamos.
Porque de algo tendremos que hablar, ¿no?

Nos hemos anestesiado por miedo a que cuando nos escuchemos solo haya eco.
Miedo a descubrir que somos un fraude.
Miedo a reconocer que a veces lo hicimos fatal.
Miedo a saldar esa cuenta con nuestra historia.

Porque sabemos que en el silencio aparece el niño que fuimos y al que ordenamos callar.
Ese niño que siempre ha seguido aquí.
Que nunca se ha ido.
Al que le debemos una grandísima explicación.

Sobre por qué no cumplimos nuestra promesa al hacernos mayores.
Y sobre por qué le traicionamos de esta terrible manera.

Tal vez sea el momento de dejar esa aplicación.
De apagar la tele.
De coger a ese niño de la mano.
Y pedirle perdón.