Dimos por sentado que nos volveríamos a ver.
Que llegaría el lunes e iríamos al cine.
Que visitaríamos a nuestras madres.
Que bastaría con querer para poder.
Que podríamos salir.

Dimos por sentadas las cosas.
Que el mundo seguiría ahí inmutable siempre para nosotros.
Que nos pertenecía.
Que nada cambiaría.

Dimos por sentadas a las personas que queremos.
Nos acostumbramos tanto a tocarlas.
Que dejamos de hacerlo.
Nos olvidamos de despedirnos con la importancia que todas las despedidas han de tener.

Dimos por sentada la vida.
Que regresaría intacta de la misma manera.
Idéntica al día anterior y al anterior y al anterior y al anterior.
Pero el mañana fue totalmente distinto a lo esperado.

Lo dimos todo por sentado.
Nos acostumbramos a la lógica de una rutina asegurada.
A que por qué no iba a seguir el planeta de la manera que lo conocíamos.
Si era nuestro.
Pero no fue así.

No podemos dar nada por sentado.
No podemos tener la certeza de que no vendrá un meteorito y acabará con tres continentes.
No podemos estar seguros de que la existencia está garantizada en las condiciones aprendidas.
Porque no lo está.
Y tampoco lo están los demás.

Lo que ha hecho un virus invisible a nuestros ojos es recordarnos nuestra fragilidad.
Es ponernos en contacto con la incertidumbre.
Es desvelar lo que verdaderamente importa.
Es hacer visibles los cuidados.

Por eso no podemos dejar para luego ese abrazo.
No podemos enfadarnos por tonterías.
No podemos perder nuestro tiempo odiando.
Porque no sabemos qué va a pasar.

Con virus o sin él.
Nada va a durar eternamente.
Así que no dejes nunca de hacer algo que te hace feliz por el qué dirán.
No te guardes lo que sientes.

No pospongas la persona que eres.
No aguantes mierda.
No estés en esa relación en la que te tratan así.

No creas que él o ella estarán ahí para cuando vuelvas.
Porque a veces vuelves y se han ido.
O te has ido y no puedes volver.
Así que corre.
Y no te dejes nada para después.