Como mamíferos que somos, una de las grandes consecuencias que tuvo el adoptar un modelo social globalizado es que renunciamos a nuestra tribu. ¿A qué tribu me refiero? A esa familia extensa donde crecer y refugiarnos en todas las etapas de nuestra vida. A esa rica red de personas, de distintas generaciones, capaz de sostenernos física y emocionalmente cuando más lo necesitamos.

En su lugar, ahora recurrimos a la institución. Cuando tenemos un bebé y nos sentimos solas, perdidas, desbordadas, acudimos a la institución pública o privada para que cuide a nuestro hijo. Sin detectar que lo que necesitamos de veras es el encuentro genuino, continuo, con otras mujeres que sepan poner abrazos y palabras en medio de nuestro caos.

Que nos ayuden con la logística de la casa, para que podamos seguir enfocadas en cubrir las necesidades de esa criatura, sin creer que morirnos en el intento.

Por ejemplo, la cultura marroquí tiene la sana costumbre de honrar a la mujer puérpara con masajes, comida nutritiva y buena compañía. Alrededor de ella, se despliegan para que se sienta suficientemente nutrida y sostenida.

A mi alrededor, muchas mujeres hemos querido romper con la manera en la que hicieron las cosas nuestras madres y nuestra familia en general. Y para ello hemos huido lejos. A veces poniendo toda la tierra posible por en medio.Y así criamos a nuestros hijos. Sin pedir ayuda, sin familia extensa, leyendo muchos libros donde tenemos la esperanza de encontrar el motivo de nuestro malestar profundo. Pero nadie nos cuenta que no somos malas madres, que solo es que estamos muy solas.

La crianza bien vivida necesita una tribu real

Dice el proverbio africano que se necesita toda una tribu para criar a un solo niño. Y no exageran. Yo veo que ni siquiera con la ecuación “padre, madre, hijo” salen las cuentas. Ya no digamos si hablamos de una madre sola con un hijo, o de una familia con más hijos… Así no llegamos a cubrir sus necesidades, ni las nuestras. Los niños necesitan crecer sostenidos por toda una tribu que los ame y los cuide. Y nosotras necesitamos criar en esa tribu.

La pareja en crianza padece las catastróficas secuelas de no contar con apoyos externos suficientes.

Los reproches y el cansancio nos nublan la vista y nos llevan a señalar al niño como “el equivocado”. Lo juzgamos erróneamente como “demasiado demandante”, “exagerado” en sus necesidades.

Pero él es el más encaminado de la familia, biológicamente hablando. Ese bebé o niño o niña mamífero solo reclama lo que sabe que necesita para su sano crecimiento. Su naturaleza le dice que eso garantizará que desarrolle su potencial, también emocional.

Cuando los niños pasan tantas horas en la escuela o en las extraescolares, no es porque las necesiten para aprender. Ese tiempo se corresponde con el que sus padres invertimos en trabajar ocho horas. No pensamos en ningún momento que hace diez mil años, cuando éramos una tribu de cazadores-recolectores, los niños de diferentes edades aprendían en la naturaleza, jugando todo el tiempo junto a adultos disponibles, que se organizaban para velar por su bienestar.

No caía tal responsabilidad en un solo adulto estresado, como ocurre ahora en un aula cerrada con 25 alumnos. Además, la cercanía de otros niños de diferentes edades permitía el aprendizaje descentralizado, fluido, autónomo…

Pagamos, no amamos

También acudimos al psicólogo por falta de tribu. Si tuviéramos una red de verdaderos amigos, disponibles para escucharnos y darnos un buen abrazo a tiempo, probablemente no necesitaríamos recurrir a profesionales de la salud mental, públicos ni privados.

La amistad sincera es la mejor de las ayudas cuando estamos pasando por un mal momento.

En esta sociedad individualista, muchas personas se sienten solas y anestesian ese incómodo sentimiento frente a una pantalla, más o menos grande, para sentirse de alguna forma vinculadas y acompañadas. Pero somos mamíferos de contacto real, piel con piel.

La globalización es maravillosa, pero tiene sus riesgos. Y uno de ellos es el de darnos la falsa ilusión de que no necesitamos hacer raíces fuertes, profundas, de verdadera conexión, con un grupo de personas extenso y no virtual, cercano a nuestras necesidades prácticas, capaces de acompañarnos en el hospital mientras estamos enfermos o de darnos la mano en el momento de dejar esta vida. Porque los asilos son una clara muestra de que hemos perdido nuestra tribu.

Morir en soledad

Ahora, cuando unos hijos del mundo actual tratan de hacerse cargo de sus padres, que ya no pueden valerse por sí mismos, pueden sentir cómo se ahogan en el intento, porque seguramente la vida, como mamíferos que somos, simplemente tiene más sentido dentro de una familia mucho más extensa, donde los cuidados se reparten orgánicamente y no saturan a nadie.

En esta sociedad, todos hemos normalizado de alguna manera que recurriremos a la institución cuando necesitemos ayuda.

Hemos sustituido los vínculos basados en el amor por otros basados en el intercambio económico. Nacemos, crecemos y morimos ante profesionales. Pero sería bello volver a entendernos por naturaleza como parte de algo más grande, que hemos perdido generaciones atrás y que podemos volver a construir ahora, tengamos la edad que tengamos.

Personas que nos sostienen

  • No esperemos a estar desbordados. Tejemos lazos en la crianza de nuestros hijos, pero entonces ya tenemos gran parte de nuestra energía comprometida. Ojalá lleguemos a padres, con tribu.
  • Alejemos la culpa. Muchas de las situaciones cotidianas y abrumadoras de la crianza, en las que sentimos que no llegamos a todo y que somos las peores madres del mundo, tienen que ver con que no nos damos cuenta de toda la estructura con la que no contamos. Respiremos esa realidad sabiendo que esta generación nos estamos reenfocando y que quizás así las siguientes lo tendrán un poco más encaminado.
  • Pasemos tiempo libre intercambiando. Necesitamos invertir mayor parte de nuestro tiempo libre en cuidar nuestros vínculos cara a cara, cuerpo a cuerpo. Y se lo tendremos que quitar al tiempo que pasamos frente a una pantalla. Cambiando un emoticono por un largo y cálido abrazo real o por unos ojos brillantes que desbordan oxitocina a nuestro lado.