Generalmente no somos conscientes de cómo nuestros gestos cambian automáticamente según lo que sentimos en cada momento. Es un lenguaje adquirido que nos sirve para comunicarnos: cuando observamos determinados gestos en los demás somos capaces de inferir qué le ocurre, cómo se siente, si está de broma o está hablando en serio…

Al tapar la boca con un tapabocas o mascarilla (algo que hacemos ya en nuestro entorno laboral, en los establecimientos, en las calles transitadas…), perdemos un nivel de comunicación incalculable. Como incalculable será todo lo que tendremos que reinventar para compensar esos déficits.

Son tan importantes en nuestra comunicación los gestos faciales que para comunicarnos a través de mensajes en las redes sociales o el teléfono necesitamos apoyar el texto con emojis, caritas en las que el trazo de los labios y el gesto de los ojos nos ayudan a trasmitir esas distintas emociones que a veces las palabras por sí mismas no son capaces de expresar.

En la vida real existen miles de matices, miles de caritas que aprendemos a descifrar. No olvidemos que, únicamente con la boca, somos capaces de expresar alegría, enfado, aburrimiento, amor, hastío, rechazo, preocupación y un larguísimo etcétera de emociones. Y si, además, combinamos los gestos de la boca con los de los ojos, tenemos un abanico de posibilidades espectacular.

Ahora que las mascarillas nos privarán de esa información, nos tocará compensar esa pérdida con gestos con las manos, el codo, o el cuerpo entero. La expresión corporal será nuestra aliada.

¿Tendremos que reinventar nuestro lenguaje?

Hoy mismo me he cruzado por la calle con una niñita de unos dieciocho meses que iba dando sus primeros pasos de forma tambaleante. Me ha hecho mucha gracia y, mientras ella me miraba, le he dirigido una sonrisa.

De repente me he dado cuenta de que con mi tapabocas esa criatura no podía ver mi sonrisa. Solo una ligera arruga en los ojos que, evidentemente, no ha captado, por lo que ha seguido adelante, con cara de extrañeza.

De este episodio surgen toda una serie de interrogantes que hemos dejado de lado en los debates técnicos sobre la utilización de las máscaras. Algunas de las preguntas podrían ser: ¿Los receptores de nuestra información serán todos iguales y sabrán descifrarla de la misma manera? ¿Tendremos que adoptar nuevos códigos de expresión? ¿Y qué haremos con los anteriores?

¿Cómo vamos a suplir la multitud de gestos que utilizamos con nuestro rostro?

Es verdad que siempre nos queda la palabra, pero esta tendrá que buscar muchos vocablos para poder dar cuenta de sentimientos y reacciones que suelen ser más bien viscerales. Que nos salen del estómago y del corazón. Aún así, habrá que esforzarse.

Cómo compensar la pérdida de comunicación cuando sea necesario

Puede ser que entre adultos que se conocen o que están en una misma “onda” no se requiera tanto esfuerzo. No obstante sí que será necesario trabajarlo con nuevos contactos, sean estos dentro del mundo laboral o social. Debemos tener en mente, más que nunca, a qué colectivo pertenece la persona a la que nos estamos dirigiendo. Y muy diferencialmente con los grupos especiales:

  • Si son niños pequeños o con déficits cognitivos

Sería conveniente que, con una voz suave, se integre, en primer lugar el papel que juega la mascarilla. Nos podemos inventar algo – aunque dentro de cierta verdad– para que no se asusten, o creen desconfianza añadida. Después de esto, ayudará acompañar nuestro discurso con gesticulaciones de las manos que les sean agradables.

  • Más sensibilidad con personas que padecen conflictos psíquicos más o menos graves

Para quien sufre una fobia de tipo social (agorafobias o de cualquier otro tipo), el confrontarse con alguien tapado puede generarle más angustia. Tranquilizarlas con la voz y gestos amables puede hacer bajar su nivel de ansiedad y podremos comunicar con ellos.

Algo similar puede ocurrir con las paranoias o con quienes son muy desconfiados de la gente. Conversar y explicar quienes somos, con tono amistoso, nos permitirá destensar las situaciones.

  • Atención al comunicarnos con personas muy mayores

Si bien están al tanto de que las mascarillas son para protegernos todos, el no ver la cara de quien las mira, les puede asustar. Saludarlas y conversar de alguna cosa que les interese bajará su nivel de alerta.

Lo que queda bastante claro es que, lo que anteriormente se resolvía con una pequeña sonrisa, cara de sorpresa o de indignación, ahora requerirá hacer todo un cálculo mental respecto a cómo trasmitir esos mismos sentimientos con una mímica mermada en una parte esencial, el rostro entero. Porque, como dice el refrán, la cara es el espejo del alma, pero no lo son solo los ojos.