En estos días pienso mucho en la esperanza.
En qué significa, cuál es su valor o su sentido.
Pareciera que tener esperanza es algo reservado a las personas ilusas.
Algo cursi y ñoño, fácilmente desmontable.

Algo que está confrontado con la propia idea de la realidad.
Un sentimiento poco empírico, devaluado por la omnipresente razón.
Decía el poeta Yehuda Amichai que donde tenemos razón no pueden crecer flores.

Pienso que la esperanza es una flor en un jardín oscuro.
A salvo de cualquiera.
Incluso de nosotros mismos.
Yo hoy tengo esperanza.

Y no me importa si tengo o no la razón.
Tengo una fuerte esperanza en la vida, en lo común, en la bondad, en lo público.
Tengo aliento ante la incertidumbre.

Porque pese al miedo.
Pese a las despedidas.
Al dolor.

Pese a las pérdidas.
Al odio.
Pese al ruido infinito buscando culpables.
A la crisis.

Pese a los bulos.
A la crispación.
Pese al incendio y la rabia.
A las lógicas preocupaciones.

Pese a lo inevitable y lo inaudito.
A las ganas de correr y perdernos.
Pese a todo esto.
Resistiremos.

Lo haremos tan juntos y tan juntas que ni de lejos ni de cerca se nos va a poder distinguir.
Nos vamos a ayudar.
Porque si el exterior ha cambiado.
El interior lo ha hecho más.

No olvidéis que vamos a salir de esta.
Que en el espacio se acomodarán los nuevos horizontes.
Y que nos volveremos a abrazar.