Antes las mujeres apenas tenían referencias de mujeres sabias, inteligentes, y cultas. Todo el poder intelectual estaba en manos de hombres: científicos, escritores, poetas, filósofos, profesores de Universidad, hombres políticos, sindicalistas, y expertos en cualquier disciplina…

Hasta hace muy poco ellos eran los que hablaban en los escenarios de los Congresos académicos, los que publicaban en libros y revistas, los que recogían premios nacionales e internacionales y los que salían en los periódicos dando su opinión sobre cualquier tema.

Estando ellos en lo alto del podio, las mujeres lo único que podíamos hacer era admirarlos y rendirles pleitesía desde abajo.

Así es como nos relacionamos con las figuras masculinas religiosas, siempre de rodillas. Y así es como nos enseñaron a relacionarnos con los hombres sabios: de abajo hacia arriba, nosotras siempre abajo.

El conocimiento ya no es patrimonio masculino y ya no los idolatramos

Hoy en día están saliendo a la luz miles de mujeres importantes que fueron borradas de los libros de Historia: astrónomas, filósofas, químicas, ensayistas, teólogas, biólogas, doctoras, escritoras, investigadoras, músicas o pintoras que han sido silenciadas durante siglos.

Los hombres quemaron en la hoguera a millones de mujeres que tenían el poder del conocimiento en la Edad Media, acusadas de brujería.

Negaron a las mujeres el acceso al conocimiento y a las Universidades por miedo y odio, y así es como ellos se hicieron dueños absolutos de la ciencia, el arte y la religión.

Ahora que podemos por fin estudiar, nos quieren con la boca abierta frente a los profesores y a los hombres sabios, y nos quieren también de rodillas frente a ellos.

En esta última década, gracias al movimiento #MeToo, hemos podido tomar conciencia de cómo estos hombres se han aprovechado de su posición de poder para violar a sus admiradoras y salir impunes: nadie creía el testimonio de una simple mujer frente a un hombre brillante y con títulos académicos.

Las cosas van cambiando poco a poco: ya no hay tantas mujeres dispuestas a tomarse un café fuera de las aulas con los señores catedráticos. Ya no hay tantas mujeres dispuestas a callar cuando sufren los abusos de los hombres a los que admiran y cada vez hay menos mujeres dispuestas a vivir de rodillas y a trabajar gratis para esos hombres importantes.

Los discursos de los hombres sabios ya no tienen el mismo efecto en nosotras porque el conocimiento ya no es patrimonio masculino, y porque sabemos el peligro que supone para nosotras someternos a un intelectual que puede saber mucho, pero no ser buena persona.

Queda mucho por hacer para desendiosar a estos hombres cultos que se aprovechan de su poder para abusar de sus admiradoras, pero sin duda estamos en buen camino: ya no gozan de la impunidad de antaño, ya se está rompiendo el pacto de silencio en torno a los abusos de los hombres poderosos, y poco a poco se desmorona el imperio de los intelectuales.