Hace algún tiempo, veía en televisión un anuncio que me despertaba una gran ternura. No recuerdo exactamente qué se publicitaba, pero sí la escena.

Se veía a un hombre que entraba a una piscina pública vestido con un divertido traje de gallina. Llevaba también una pelota multicolor bajo el brazo y un patito inflable de goma alrededor de la cintura. Quienes se encontraban en la piscina, en sus correctos trajes de baño, lo miraban sorprendidos y algo recelosos.

A continuación, la cámara enfocaba el agua y allí, flotando sobre otro pato de goma, un niño disfrazado también de gallina sonreía divertido al ver al que, entonces lo entendíamos, era su padre. El anuncio terminaba con una frase que podíamos leer en la pantalla: “Ridículo sería no hacerlo”.

¿Te atreves a reírte de ti mismo?

Hacer el ridículo no es más que una cosa: hacer algo que se desentiende de las normas sociales. El rídiculo, sin embargo, no las ignora todas sino solo un tipo de normas en particular. No ignora aquellas que intentan regular la convivencia entre las personas, las reglas del respeto, la consideración, la libertad individual, la no agresión…

Las normas de las que el ridículo se desentiende son aquellas que apuntan al decoro, a la dignidad y al buen gusto. El ridículo no solamente dice sino que grita, exclama a viva voz: “¡Al demonio con todo eso! ¡Me importan un rábano mi dignidad, mi recato y mi buen nombre!”. Y es que el ridículo siempre se ríe de sí mismo.

No sé si os ha ocurrido –a mí me ha pasado en más de una ocasión– el hecho de temer quedar en evidencia, intentar evitarlo a toda costa… y fallar. Caer en el ridículo más absoluto para sentir luego… ¡una gran liberación!

Hacer el ridículo nos libera de todas esas cosas que os mencionaba antes: de la necesidad de ser dignos, de tener que mantener la frente bien alta, de fingir que somos refinados, adaptados y correctos. Nos libera básicamente de tener que estar atentos a la mirada del otro, al juicio de los demás.

En Argentina hay un dicho que dice: “Nunca se vuelve del ridículo”. Las señoronas que hacen de su reputación su bien más preciado la esgrimen como alerta de un peligro gravísimo, pues, una vez que se ha manchado un nombre, no hay producto de limpieza capaz de restaurarlo.

Yo estoy absolutamente de acuerdo con la observación: del ridículo no se vuelve. En cuanto a las razones, estoy absolutamente en desacuerdo: del ridículo nadie regresa porque una vez que se ha pasado al otro lado… nadie quiere volver.

Una vez que nos hemos liberado del juicio de los demás, del peso de tener que agradarles y esperar que nos acepten, del temor constante a que nos rechacen o nos humillen… ¿quién querría volver a encadenarse a ello?

¿Qué más da lo que piensen los demás?

Sentimos un gran temor a la hora de desentendernos de nuestros condicionantes sociales, ya que hemos crecido creyendo que, de ser así, las consecuencias pueden ser terribles, que nos convertiremos en parias de la sociedad y nos condenarán al peor de los aislamientos.

Sin embargo, aquellas personas que hemos tenido la suerte de haber hecho el ridículo en alguna ocasión, aquellos que, por fortuna, hemos fracasado alguna vez en nuestros intentos de ser presentables y adecuados, hemos descubierto que… no pasa absolutamente nada.

Nos angustiamos al anticiparnos a lo que otros podrían decir o, peor aún, pensar y callar. “¿Y si creen que soy un idiota? ¿Y si me dan por loco y ya no vuelven a confiar en mí?” Pero, una vez que nos hemos expuesto ante los demás, solamente podemos confirmar que si, en efecto, acaban pensando todo eso de nosotros, no es tanto problema.

Si nos atrevemos a hacer el ridículo, lo que suele ocurrir es que despertamos admiración por mostrarnos a los demás abiertamente.

En realidad, lo que los demás piensen tiene mucha menos influencia sobre nuestras vidas de lo que creemos. Todavía diría más, nuestros temores ni siquiera tienen una base demasiado sólida.

Lo que ocurre con mayor frecuencia es que, salvo para aquellas personas que son excesivamente rígidas en su pensamiento, ver a alguien “haciendo el ridículo” no despierta ningún tipo de rechazo sino ternura –como me ocurría a mí con el anuncio–, simpatía y, no pocas veces, admiración. Admiración por aquel que se atreve a hacer lo que mejor le parece, aun a riesgo de ir en contra de la supuesta opinión de la mayoría.

Plan de acción para hacer el ridículo a conciencia

Por eso, os recomiendo encarecidamente que, si nunca habéis hecho el ridículo –y no me refiero a un pequeño traspiés al caminar por la calle del que os levantasteis rápidamente, os sacudisteis el polvo de la ropa y seguisteis vuestro camino como si nada hubiese sucedido–, sino de un verdadero y sonoro ridículo; si no habéis pasado por ello alguna vez, digo, os recomiendo que no esperéis más y que lo hagáis mañana mismo.

Poneos ese propósito para mañana, levantaos de la cama diciendo: “Hoy es el gran día. Hoy haré el ridículo”.

  • Salid a la calle con esa camiseta violeta y fucsia que tanto os gusta, pero de la que os avergonzáis un poco.
  • O mejor, poneos para ir a trabajar ese sombrero verde con una pluma suave y azul que os comprasteis en las vacaciones y enseñadle a vuestros compañeros de trabajo lo suave que es y el placer que se siente cuando te acarician con ella.
  • Proponeos contar no menos de tres bromas ingenuas y bobas a lo largo del día.
  • O imitar como mínimo a cinco animales (¡recomiendo que uno de ellos sea el ornitorrinco!).

Hacedlo como mejor os parezca y como más os guste, pero hacedlo. Seguramente sentiréis un poco de nerviosismo previo, pero os garantizo que una vez que lo hayáis superado, la sensación será de alivio y de bienestar. Habréis perdido la necesidad de obtener el visto bueno del otro, así que ¡felicidades!

Ahora quizá podréis experimentar lo que os he explicado: que ese visto bueno de los demás no os servía para nada sino más bien todo lo contrario, os paralizaba y encadenaba, os impedía expresar lo que erais de verdad, vuestros auténticos deseos. De hecho, para alejar el temor de perder la aceptación de los demás, no hay mejor camino que darla por perdida.

Y hacer el ridículo es justamente eso: llevar a cabo aquello que sabemos, sin lugar a dudas, que no está dentro de lo que todos esperan de nosotros sino en el extremo opuesto. Una vez que hemos llegado a dicho extremo, cuando hemos podido sostener sin problemas la mirada de reproche de aquellos que nos aprecian… nos resultará mucho, pero mucho más sencillo, darnos el permiso necesario para seguir nuestro parecer en todas las cuestiones.