Si los niños durante el desconfinamiento no se van a poder tocar entre ellos, necesitarán desplegar nuevos recursos para el juego. Y lo harán. Porque la infancia es creativa. Pero, por nuestra parte, como adultos, también necesitaremos transformar nuestros hábitos y entender que tendremos que compensar esa falta de contacto infantil.

Tenemos dos formas de compensar esa distancia social: a través de la naturaleza y a través de una vivencia familiar de vínculo estrecho (de fomentar el contacto). Estas dos medidas amortiguarán y disolverán el estrés de no poder tocar o estar tan cerca como necesitarías de tus amigos.

Para compensar su necesidad de tocar: más vínculo familiar

La piel es el órgano más grande de nuestro cuerpo (con cinco millones de terminaciones nerviosas, que están mayormente situadas en nuestros pies, manos y rostro). El área del cerebro encargada de procesar la información procedente de nuestra piel ¡también es de las más grandes!

Como mamíferos que somos, el contacto está en la base, en el origen, de nuestra biología. Al tocarnos, nuestro cerebro genera endorfinas que alivian y calman el dolor físico o afectivo, de cuerpo y mente…

Los niños necesitan crecer tocando y siendo suficientemente tocados.

En el tacto y en el piel con piel se calma nuestro sistema nervioso desde que nacemos y hasta el último de nuestros días. El contacto continuo en la infancia nos ayuda a crear receptores de oxitocina (la hormona del amor). Al tocar con nuestras manos aprendemos y crecemos interiormente, invisiblemente…

Nuestro mayor potencial como seres humanos se despliega solo si nos aúpan, nos abrazan, acarician y tocan mucho, si crecemos pegadas y pegados a otros cuerpos. Así que si nuestros hijos se van a poder tocar menos con los demás niños, al menos en familia volvámonos madres y padres más disponibles físicamente… Esta crisis sanitaria puede ser una oportunidad para que las familias nos toquemos más.

  • Intensifiquemos los abrazos, los masajes y las caricias, tengan la edad que tengan nuestros hijos.
  • Bajemos al suelo, dejemos nuestros cuerpos más disponibles para que nuestros hijos nos invadan y reconquisten de nuevo con los suyos.

Para contrarrestar el aislamiento y los ambientes asépticos: más naturaleza

Durante esta cuarentena se nos ha invitado a ser muy cuidadosos con la higiene. Pero todas las criaturas necesitan un sano y equilibrado contacto diario con gérmenes (virus y bacterias) para estimular el sano desarrollo de su sistema inmunitario o, de lo contrario, corren más riesgo de enfermar y padecer alergias, asma u otras enfermedades vinculadas al sistema inmune e inflamatorio, asociadas a su vez a otro tipo de patologías en su edad adulta.

Me preocupa la obsesión generalizada de los adultos por evitar que sus hijos “se ensucien” o entren en contacto con los microbios. También me inquieta que como adultos, por nuestro miedo y confusión, confundamos a la infancia al salir a la calle y acentuemos su biophobia (miedo y rechazo a lo vivo y natural) y favorezcamos su videophilia (esa pasión sedentaria por lo virtual que favorecen los dispositivos artificiales). No olvidemos:

  • Una infancia que se mancha de naturaleza vivirá más saludablemente su presente y su futuro como persona adulta. Una infancia plastificada, antiséptica, es claramente una mala inversión de futuro.
  • Los productos químicos de limpieza no solo no son inocuos sino que muchas veces son directamente nocivos para la salud.

No se trata por tanto de evitar los entornos naturales, sino por el contrario, de potenciarlos, preservarlos, valorarlos al fin como el gran tesoro que siempre han sido.

De hecho, los estudios científicos revelan que los niños con más alergias y problemas respiratorios son justamente los más alejados de la riqueza biológica que aporta el contacto con la naturaleza. Además, el contacto estrecho (no anecdótico o puntual) con la naturaleza tiene un efecto medicinal:

  • Es regulador del sistema nervioso que favorece en la infancia menos estrés, lo que favorecerá su estado emocional en estos momentos.
  • En el medio natural, el sistema nervioso de los niños se relaja y su estado anímico mejora. Su comportamiento, que tanto preocupa a esta sociedad, se transforma. Porque en la naturaleza, las niñas y los niños simplemente están más sanos y felices.

¿Y qué pasa con los niños pequeños que insisten en llevárselo todo a la boca?

Los bebés y los niños alrededor de los dos años conocen el mundo a través de la boca. En ella tienen muchas más terminaciones nerviosas que en cualquier otro lugar… Su boca les permite acceder a información acerca de las cualidades y de la calidad de ese objeto ¡Necesitan chupar para conocer! No es que sean “mal educados” ni “sucios”. No es que estén equivocados… Es que están desarrollando sabiamente su inteligencia. Conocen el mundo a través de ese privilegiado lugar.

Por eso es tan importante que, en lugar de decirles todo el tiempo que no pueden tocar ni meterse nada en la boca, desde la comprensión, recolectemos con ellos objetos naturales en espacios sanos (conchas grandes, planas o rugosas, palos de madera, piedras de un tamaño adecuado, hojas de plantas que sepamos no son tóxicas…) y permitamos que vivan y experimenten esta necesaria etapa de su desarrollo.

Quizás hasta ahora hemos creído erróneamente como sociedad que nuestras criaturas podrían desarrollarse plenamente en entornos artificiales… Hemos creado ciudades donde se da prioridad al espacio urbanizable y no al verde, a que puedan aparcar o circular cómodamente los coches, no la infancia ni el resto de personas… Pero ojalá ahora, con esta crisis planetaria, al fin nos demos cuenta en las ciudades del gran tesoro que son esos parques extensos, llenos de árboles y tierra…

Y que para las familias que viven más cerca del bosque o del mar, del río o del campo, esos sigan siendo refugios seguros donde relajarse los adultos y permitir así que la infancia disfrute de nuevo, sanamente…