Michel Odent hoy es un médico conocido, incluso por el gran público. Con sus casi 89 años, sigue impartiendo conferencias por todo el mundo. Fue y sigue siendo un gran impulsor para que las mujeres elijamos parir en buenas condiciones, entendiendo que la calidad del parto influirá para siempre en la calidad de vida futura del bebé.

Puedo presentar a Michel Odent de muchas maneras, basándome en sus libros publicados, en sus incontables conferencias y en sus investigaciones reconocidas en el mundo entero, pero prefiero comenzar relatando mis primeros encuentros con él, hace 35 años, en el Hospital de Pithiviers, un pequeño pueblo rural a 80 km de París.

Volver a lo simple

A partir de los movimientos sociales posteriores al Mayo Francés (fines de los años 60 e inicio de los 70) e impresionado por los primeros libros de Frederick Leboyer (pediatra francés, quien empezó a proponer nacimientos con menos luz y menos ruido), Michel Odent, siendo director del Hospital, decidió reducir la cantidad de intervenciones que se hacían por rutina sobre las parturientas, observando que cuanto menos se las molestaba, mejores resultaban los trabajos de parto.

La frase que resume su trayectoria profesional es: “Para cambiar el mundo, primero tenemos que cambiar la forma de nacer”.

Yo era una joven exiliada en París, con pocos recursos económicos y muchos ideales. Fui a verlo con mi primer hijo recién nacido en brazos, impactada por la cesárea que me habían practicado –sin que yo pudiera esbozar una opinión– en medio de prácticas espantosas que no vale la pena detallar. Me encontré con un hombre cálido, amable y con buena escucha.

Años más tarde, embarazada de mi segunda hija, regresé asiduamente a Pithiviers para participar en las rondas que se organizaban todas las semanas entre embarazadas y madres recientes, que a veces contaban con la presencia de Michel Odent.

La simplicidad y el sentido común de este médico cirujano eran conmovedores. Era, sobre todo, un gran observador. Un científico respetuoso de las evidencias, convencido de que la naturaleza merece ser honrada.

Un hombre sabio, algo tímido, involucrado en dar a conocer no solo las implicaciones de las actitudes violentas sobre las parturientas y los recién nacidos, sino también las consecuencias favorables, si tan solo tomábamos en cuenta el bienestar de las mujeres en un acto tan trascendente como es el parto de nuestras criaturas.

Para ese entonces, el Hospital de Pithiviers ya era reconocido por las mejores estadísticas de seguridad perinatal del mundo. Había seis comadronas trabajando con él, en turnos de 48 horas, hecho que favorecía la disponibilidad, ya que ninguna tenía apuro por “terminar” con el parto, en coincidencia con el horario de trabajo. Allí no había drogas, analgésicos, amenazas ni camillas obstétricas.

Parir en libertad

Mi fecha probable de parto estaba prevista para el 3 de marzo de 1985. Pasaban los días pero las contracciones no aparecían. Yo viajaba desde París hasta Pithiviers cada tres días para los controles, mientras todo estaba en orden. Hasta que llegó el ¡26 de marzo! Sí, parí a mi hija a las 43 semanas y media. La bebé parecía muy feliz dentro del útero y nada indicaba una complicación.

Finalmente esa mañana empezaron las contracciones. Llegué tan feliz y triunfante que la comadrona, al verme, me dijo: “Falta mucho, estás aún muy sonriente”. Efectivamente, el trabajo de parto duró veinticuatro horas más. Ese día y esa noche me propusieron todo tipo de actividades, caminatas, conversaciones, cantos y mimos. El proceso parecía eterno. En un determinado momento, en medio de la noche, llegó una mujer al hospital que estaba desencadenando un parto muy rápido.

La comadrona me buscó, me tomó del brazo y me llevó corriendo a la “sala de parto salvaje”. La llamaban así en ese entonces porque se parecía más a una habitación de un matrimonio joven de los años setenta que a una sala de parto convencional: tenía un colchón en el suelo, almohadones, paredes de madera, murales y un tocadiscos (puesto que todavía no había llegado la era de los compact disc ni de Internet).

Una mujer de cabellos largos y negros estaba de pie, descalza, sostenida desde la espalda por otra comadrona, pujando. Yo estaba al lado suyo, a medio metro de distancia. Vi nacer al bebé, olí la sangre fresca y me invadió una emoción profunda hasta estallar en llanto, sollozando de alegría.

Tal nivel de emoción aceleró mis contracciones. Minutos después terminé la dilatación del cuello del útero, entregada y emocionada por el milagro de la vida.

Mi hombre amado me sostuvo por la espalda, yo estaba de pie pero la fuerza del pujo me hacía llegar acuclillada casi al suelo. Vi a mi bebé asomar y la tomé con mis brazos mientras salía suavemente del canal de parto. Luego me ayudaron a sentarme sobre una sábana blanca que deslizaron por debajo de mi cuerpo y colocaron una pequeña bañera de plástico con agua tibia entre mis piernas.

El papá sumergió a nuestra pequeña hija en el agua tibia, mientras la niña abría los ojos en la penumbra y sonreía. Juro que sonreía. Nunca olvidaré ese instante mágico. Un rato después cortó el cordón umbilical que ya no latía. La bebé nunca lloró, ni siquiera gimió. Solo sonreía. La puse sobre mi pecho llorando.

Agradecí eternamente a mi comadrona, Georgette, porque usando su sabiduría femenina, había buscado y encontrado la mejor manera para que yo “soltara las amarras de mi control” y que finalmente me lanzara a parir. Fue la fuerza del parto de una mujer desconocida la que me posibilitó la entrega. Minutos más tarde regresé caminando a mi habitación con el bebé en brazos.

Es real que pude parir a mi segunda hija, abrazada a las dos comadronas, en cuclillas, rodeada y sostenida por un ambiente de amor inusual para un hospital público.

Michel Odent logró que su equipo funcionara con amabilidad y afecto, desde los empleados que atendían en la recepción del hospital, hasta el personal de limpieza.

Logró que cada parto, vivido en intimidad por cada mujer, fuera la mejor experiencia que cada una era capaz de atravesar. Los cinco días posteriores al parto fueron también simples y agradables. Las habitaciones eran compartidas y todas las mañanas las comadronas nos reunían a las madres recientes para bañar juntas a los bebés, compartir experiencias y formular todas las preguntas necesarias.

En defensa del parto natural

Poco tiempo después del nacimiento de mi hija, Michel Odent abandonó Pithiviers y se fue a trabajar a Londres, donde se dedicó a acompañar los procesos de parto en los hogares de las mujeres. Desde allí impulsó el oficio de las doulas, que hoy han alcanzado mayor notoriedad. Pero, ¿cuáles fueron los principales aciertos de Michel Odent?

En los años 70, fue uno de los primeros profesionales en asegurar que un parto no inducido y no intervenido permitiría al recién nacido encontrar el pecho de su madre y succionar. Y que esa primera hora era un momento crítico que luego incidiría en el desarrollo de nuestra capacidad de amar.

También demostró cuál era la importancia del calostro para el sistema inmunitario de cada niño, estableciendo de forma inmediata la lactancia como consecuencia de un parto respetado, calmado e íntimo.

Fue asimismo el primer médico en demostrar los beneficios del agua durante el trabajo de parto. De hecho, en el Hospital de Pithiviers construyeron una pequeña piscina redonda, donde las madres se sumergían cuando el trabajo de parto era muy doloroso o prolongado. Muchos bebés han nacido bajo el agua, en algunas circunstancias en las que las madres –sintiéndose confortables– se negaban a salir de la piscina cuando el periodo expulsivo ya estaba aconteciendo.

Fue quien bautizó a la oxitocina la “hormona del amor”

En efecto, las hormonas gratificantes, como la oxitocina y las endorfinas, las segregamos cuando experimentamos estados orgásmicos, de amor, placer, sensualidad y deseo. Si el ambiente no es óptimo, en lugar de la aparición de la oxitocina, se activa el neocórtex como consecuencia de intervenciones externas.

Durante los partos, las imposiciones, amenazas, exigencias o autoritarismos sobre las mujeres inhiben las oxitocinas. En esos casos, los partos se detienen o se complican.

En definitiva, Michel Odent ha demostrado la importancia de las hormonas que se segregan naturalmente en el parto no intervenido para crear un vínculo íntimo con el recién nacido y en cómo pueden influir las hormonas sintéticas administradas artificialmente durante el parto, generando muchos problemas futuros en el niño, como por ejemplo el autismo.

La imperturbable “travesía a otro planeta”

Michel Odent ha recalcado siempre la envergadura del respeto por la privacidad de las mujeres en situación de parto y la importancia de velar para que no haya nada ni nadie que intervenga ni perturbe ese viaje personal. Esa privacidad necesaria para que el parto transcurra sin obstáculos la ha denominado “travesía a otro planeta”.

Insistía en que las mujeres tenemos que tener las condiciones necesarias para abandonar toda preocupación del mundo físico, todo control, toda racionalidad, para sumergirnos en una dimensión sin tiempo y sin resultados hasta llegar al periodo del expulsivo.

Inversamente a la naturaleza femenina, desde el patriarcado, se ha ejercido un fuerte control sobre todos los aspectos de la sexualidad femenina, incluyendo el parto y el amamantamiento.

Y este sigue siendo uno de los principales causantes de los partos complicados. En la actualidad se han masificado los partos vigilados y mediatizados, estimulando el neocórtex justo cuando debería estar en reposo para facilitar la producción de un torrente hormonal de un cóctel orgasmogénico para permitir la relajación y la entrega para que el parto acontezca.

Odent también insiste en que, ante todo, somos mamíferos, y por lo tanto, a la hora de parir tenemos que dar prioridad a las necesidades mamíferas.

Es decir, suprimir las creencias y costumbres que interfieren en el proceso natural, intentando que el neocórtex –que es la parte más desarrollada del cerebro– reduzca su actividad. Por eso incluso las palabras con las que intervenimos hacia la mujer en trabajo de parto deberíamos reducirlas al máximo. Por supuesto, toda amenaza, indicación, consejo, opinión, relato o presencia de otros individuos despiertan el neocórtex y obstaculizan nuestro instinto animal, enlenteciendo o complicando el proceso.

Una vida entera dedicada al parto

Michel Odent ha publicado numerosos libros e investigaciones, casi todos traducidos al español. En 1987, fundó el Primal Health Research Center de Londres (Centro de investigación en Salud Primal) cuyo objetivo es estudiar a largo plazo las consecuencias de las primeras experiencias de vida –desde la concepción hasta el primer año– y la influencia en la salud posterior de cada individuo, tomando en cuenta también la sociabilidad, la agresividad o la capacidad de amar.