Silvia era una chica joven (no llegaba a la treintena) que acudió a mi consulta porque no encontraba nada en la vida que la hiciera feliz. Se sentía apática, vacía por dentro.

Avanzando en su terapia, en una sesión, Silvia conectó con un recuerdo que ella, paradójicamente, siempre había contado como una anécdota graciosa. Sin embargo, en realidad, este suceso le produjo, a nivel inconsciente, un profundo impacto emocional. En aquella sesión, pudimos descubrir todas las implicaciones que esta escena tuvo en su vida.

–Dime, Silvia, ¿qué escena recuerdas?
–Fue en una reunión familiar. A mí me gustaba cantar desde muy pequeña, me decían que se me daba bien. Recuerdo a mis padres pidiéndome que cante algo para mostrar a la familia cómo lo hago. Me coloco en el centro del salón y empiezo con una de las canciones que más me gustaban.

–¿Qué pasa entonces?
–Estoy un poco nerviosa, no es lo mismo cantar en casa que frente a toda la familia. Todos están mirándome y noto cómo las manos comienzan a sudarme. Siento la boca y la garganta un poco más tensas de lo normal, pero no le hago caso. Mis padres me están mirando y quiero que ellos estén orgullosos de mí, así que me concentro y sigo cantando.

–¿Y más adelante?
–Por los nervios, me olvido de una frase. Hago una pequeña pausa y vuelvo atrás. Entonces veo que mis primas empiezan a reírse y mis tías se miran entre ellas. Siento la mirada de mi madre. No dice nada, pero su mirada me está diciendo que siga. Pero es una mirada tensa.

–¿Qué te dice esa mirada tensa de tu madre?
–Ellos siempre están preocupados por lo que piensen los demás. Sé que ella quiere quedar bien delante de la familia y que yo tengo que cumplir. Debo seguir. Mi madre quiere que siga.

–Fíjate, Silvia, que hasta ahora hemos estado viendo la escena desde fuera, como una película. Ahora quiero que vayas a ver qué es lo que pasa en el interior de esa niña, qué es lo que siente en ese momento.
–Siento una enorme tensión interior. Es como si hubiera una lucha entre lo que mis padres desean y lo que yo quiero. Mis padres desean quedar bien pero lo hacen a través de mí, de mi canto. Y yo siento mucha vergüenza y rabia por lo que está sucediendo, por las primas que no paran de reírse de mí, de burlarse, y por mis padres, que me obligan a cantar.

–¿Qué conseguirías si tus padres se sintieran orgullosos de ti?
–Pues que me quieran, que me cuiden. Por eso, al final, siempre me trago mi vergüenza y me centro en complacerles. Siempre me he esforzado y he hecho todo lo que he podido para que ellos me amen (tras un momento de pausa, Silvia rompe a llorar).

–No te sientes querida…
–Me doy cuenta de que no me querían por mí, amaban a la imagen que construyeron de mí y yo me esforzaba por serla. Era como una muñeca en sus manos, ellos dirigían mi vida (sigue llorando, al darse cuenta de la gran influencia que ha tenido lo que sus padres proyectaban en ella).

–En tu vida actual, ¿qué queda de ese patrón de complacer para que ellos estén orgullosos de ti?
–Queda mucho en mi presente. Aún sigo intentando agradar y complacer a mis padres. No hago nada que sepa que no les gusta o que pueda enfadarles. Tengo grabada la idea de que hay que complacer a los demás.

«Durante toda mi vida, me he esforzado por cumplir con lo que se supone que debía hacer y por hacer feliz a todo el mundo».

–Sabiendo todo esto, ¿qué harías si pudieras ir a hablar con esa niña? ¿Qué le dirías?
–Le diría que no merece la pena tanto esfuerzo por agradar a los demás, si eso supone ir en contra de lo que ella siente. Eso le va a hacer mucho daño a largo plazo. Le diría que empiece a escucharse y que deje de darle tanta importancia a lo que los demás quieren. No merece la pena, eso no va a hacer que la amen más…

–¿Qué querían los demás?
–Siempre me han hecho lo mismo. Yo tenía que ir inmaculada, con la ropa perfecta, de princesa. Yo tenía que dar ejemplo y no mancharme como las demás. Un verano, una amiga mía celebraba su cumpleaños en su casa de campo. Sus padres invitaban a las amigas y a sus familias a pasar el día a una gran casa con un terreno enorme.

–¿Por qué piensas que has recordado esta escena? ¿Qué relación tiene con lo que vimos en la sesión anterior?
–Pues que mi madre siempre se empeñaba en que yo llevara vestido. Yo era el escaparate de mi madre. Debía ser la “niña bonita”. Tenía que ir guapa y no me podía manchar. Tenía que dar ejemplo. Recuerdo que me decía que no podía ir “como una cualquiera”. ¿Qué tontería es esa? ¿Qué significaba ir como una cualquiera? Yo era una niña.

–¿Qué pasó ese día del cumpleaños en el campo?
–Me hizo llevar un vestido blanco. Yo quería llevar unos vaqueros y una camiseta, pero ella decía que eso no era de señoritas, que yo tenía que ser elegante. Al final, ella insistió tanto que me dejé convencer y me puse el vestido que mi madre quería.

–¿Qué pasa, entonces, en la fiesta?
–Que todas mis amigas juegan y corren, pero yo no puedo seguir su ritmo. Incluso recuerdo que había un árbol enorme al que todas trepaban, pero yo no podía subir porque llevaba vestido y no quería mancharlo ni romperlo.

«Alguna vez me ensucié y la regañina que me echó mi madre fue tremenda».

–¿Y qué pasa con la niña? ¿Cómo se siente por dentro?
–Fatal, cada vez es peor. Conforme pasa el tiempo y es más mayor, se da más cuenta de lo injusto de la situación. Cada vez se siente más agobiada y presionada por sus padres. De nuevo, se guarda para ella toda la frustración, pero esta vez está mucho más enfadada.

–¿Y qué es lo que haces?
–Aunque estoy enfadada, no digo nada. Incluso me digo a mí misma que las otras son unas locas por trepar a los árboles. Creo que, con el tiempo, fui tomando como normal que yo no podía jugar con las demás, que debía ser más responsable y comportarme bien.

–¿Y en tu presente, cómo te influye ese pensamiento?
–Soy la formalidad en persona. Bien vestida, educada, quedando bien con todo el mundo. Siempre complaciente y plegada a los demás. Jo, la verdad es que no me gusta nada verme así.

–¿Por qué?
–Porque sigo repitiendo el esquema de mis padres. Sigo comportándome como si fuera su maniquí, adaptándome a lo que se supone que los demás esperan de mí. Otra vez estoy cumpliendo con lo que mis padres quieren.

–¿Y qué pasa contigo, entonces, con lo que tú quieres?
–No hay espacio para lo que yo quiero. He estado tan centrada en lo exterior que me he olvidado de mi interior. Me he olvidado de aquella niña (comienza a llorar). Me da mucha pena ver todo el tiempo que he perdido.

«¡Podía haber hecho tantas cosas, pero siempre tenía que cumplir!»

–Ahora que estás entendiendo el peso de los ideales de tus padres, ¿qué te parece la escena del cumpleaños en el campo, mirándola con tus ojos adultos?
–Me parece que era totalmente injusto. Una niña es una niña, necesita jugar y mancharse. No se la puede forzar a comportarse como una muñequita de porcelana.

–Ahora, Silvia, puedes desactivar esas ideas que asumiste de tus padres y buscar las tuyas, lo que tú quieres hacer realmente. Puedes empezar a practicar, por ejemplo, con lo que te hubiera gustado hacer ese día del cumpleaños.
–Lo primero que haría es cambiarme de ropa. Me pongo unos vaqueros y una camiseta cualquiera, una que se pueda manchar sin problemas.Y, luego, me voy a subir al árbol. Ya no me apetece quedarme más tiempo en el suelo, siendo la niña bonita. No pasa nada por disfrutar de la vida (comienza a sonreír).

–Siente, ahora, a la niña, su actitud, lo que quiere hacer…
–Estoy arriba del árbol, con mis amigas, jugando y riendo. Desde allí, les grito a mis padres: “Eh, ahí tenéis el vestido (lo dejé tirado en el suelo). Voy a jugar, voy a pasármelo bien. Se acabó complacer a todos. Ya me toca complacerme a mí misma”.

5 pasos para dejar de ser sumisa

  • Tú eres importante. Durante años te hicieron creer que complacer a los demás era prioritario. Esto no es cierto. Cuanto más pendiente estás de la opinión de los otros y de cumplir con lo que esperan de ti, menos conectada estás con tus propias necesidades. La persona a la que debes cuidar es a ti misma. Tú eres tu prioridad absoluta.
  • Reconecta con tu yo. Haber tenido que interpretar el papel de niña buena durante toda tu vida te ha desconectado de tu ser esencial. ¿Cuáles son tus verdaderos sueños y deseos? ¿Tu trabajo es el que de verdad te llena? ¿Y tus gustos? ¿Tus aficiones? Bucea en tu interior y encuentra a tu auténtico yo.
  • Habla, no calles más. Por haber vivido experiencias como la de Silvia, tendemos a enmudecer y paralizarnos frente a las personas que ostentan un cargo de autoridad. Ten presente que tu opinión es tan válida como la de los demás y que nadie debe tener la potestad de hacerte callar.
  • Cambia tu imagen. Se acabó ser la princesa. Ahora eres tú misma. ¿Cómo te gustaría llevar realmente el pelo? ¿Qué ropa te atrae pero nunca te has atrevido a usar? ¿Querías un tatuaje y no te lo hiciste? Rompe con el estereotipo de la niña buena y expresa tu verdadera personalidad.
  • Recupera tu voz. Aléjate de aquellas personas que quieran imponerte su visión. Eres adulta, tú decides. Evidentemente, si comienzas a expresar tu opinión, habrá gente a la que no le guste lo que pienses. Puede que esto te haga tener discusiones e, incluso, perder amigos por culpa de vuestras diferencias. Pero no te preocupes, tómalo como un filtro de amistad.