Los niños y las niñas de todos los tiempos y de todos los rincones del planeta se nutren de nuestra presencia. No les sirve que andemos a su lado pero ocupados en nuestras cosas.

Si tenemos un hijo menor de siete años le escucharemos pedirnos “¡mama, mírame!” cuando salta o cuando hace algo. También observaremos que demanda nuestra atención de múltiples maneras, algunas veces insistentemente.

A nosotros puede parecernos exagerado… ¡no tenemos tiempo para perderlo! ¡ni nos apetece parar nuestras cosas para jugar a las suyas!

Cuando esta mirada y esta atención no llegan… nuestros hijos pasan a mostrarnos la versión más desequilibrada de sí mismos: muestran mal humor, se saltan los límites que les hemos puesto para preservar su seguridad o la convivencia, no muestran empatía por nuestras demandas…

La infancia se nutre de nuestra presencia

No necesitan una presencia continuada, a menudo se sienten nutridos y colmados con nuestra presencia intermitente. Pero según la edad y el desequilibrio anímico que estén atravesando, nos parecerá que son más demandantes.

Lo que ocurre es por una parte que muchos padres y madres somos los hijos de la prisa. Andamos ocupados en nuestras cabezas con mil objetivos y preocupaciones que nos impiden encontrarnos con nuestros hijos en las mismas coordenadas espacio-temporales. Nosotros vivimos atrapados en el futuro o en el pasado, pero raramente volvemos a nuestro presente y a habitar nuestros cuerpos. Aún así ellos insisten. Son grandes maestros zen para ayudarnos a volver al aquí y ahora.

¡Tener un hijo pequeño es la mejor de las oportunidades para volver a habitar nuestros cuerpos y a abrir nuestros corazones cerrados!

La infancia habita durante los primeros siete años de vida en las emociones y en el cuerpo. Viven con el corazón abierto como brújula. ¡Nosotros mismos venimos de allí!

Pero pronto aprendimos de los adultos que nos rodeaban a desconectar de la escucha a nuestros cuerpos, aprendimos a cerrar nuestros corazones y ahora vivimos desde hace años en nuestras mentes, destinando casi toda nuestra energía y colocando el foco ahí arriba. Por eso a veces nuestros hijos nos parecen excesivos en sus demandas y a ellos les parecemos ausentes aunque pasemos el día juntos.

El otro asunto que complica esta situación es que hemos perdido como sociedad la familia extensa, la tribu. Los pueblos africanos ya nos decían, muy sabiamente, que se necesita toda una tribu para criar un solo niño en armonía y equilibrio. Cuando eso ocurre y un niño tiene la presencia entregada de sus abuelos, primos, tíos y padres, es más sencillo que la balanza esté equilibrada y no recaiga todo sobre una madre o un padre que a duras penas pueden sostener esta demanda de atención.

¿Cómo responder a la demanda de nuestros hijos?

Las madres de ahora muchas veces nos vemos desbordadas por la demanda de nuestros hijos y o los vemos como exagerados y equivocados en su demanda o caemos equivocadamente en la culpa y en creernos malas madres. Pero nadie nos cuenta que solo ocurre que estamos muy solas y que nuestros hijos están mostrando un desequilibrio familiar y social.

Por eso mi invitación durante este tiempo de confinamiento es el siguiente:

  • Tomar para poder dar

Encuentra formas de nutrirte para poder después darte a tus hijos en absoluta presencia. Como en los aviones, necesitas ponerte la mascarilla tú primero si después deseas ayudar a los demás. Así que dedica un tiempo a mimar tu cuerpo y tu espíritu.

  • Desconectar para reconectar

También se hace necesario apagar las voces exteriores un rato al día para poder atender a nuestra sabia voz interior. Por ello apagar el teléfono o las pantallas un rato al día, nos permitirá estar abiertas a los que nuestro interior trata de contarnos.

  • Practicar la presencia

No es que no sepas cómo ser presencia. De niña o de niño eras un experto. Solo es que tu entorno te obligó a abandonar ese estado. Prueba cualquier acto cotidiano para observar tu respiración, las sensaciones de tu cuerpo…

Reconecta con tus sentidos del olfato, el tacto y apaga la vista (que te conecta fácilmente con tu mente que todo lo juzga).

  • Echar raíces

Cuando estés con tu hijo, imagina que eres un gran árbol, visualiza que tus piernas son raíces que se adentran en la tierra. Siente tu cuerpo y dile a tu mente que ahora estás aquí, viviendo este momento único e irrepetible con tu hijo.

  • Abrir tu corazón

Si anhelamos vivir desde el corazón como guía, sepamos que solamente puede ocurrir si nos abrimos al presente, sin resistencias mentales por lo que simplemente es, en nuestro interior y en nuestro exterior. Al abrirnos a la vida, sucede la magia de que nuestro corazón vuelve a abrirse, como cuando éramos niños.