Yayo Herrero ha encontrado en el ecofeminismo el «perchero para colgar todas las cosas que había aprendido». Entre sus proyectos, el Foro de las Transiciones y un libro para subrayar la falta de amor que sentimos hacia todo y cómo hemos llegado a esta crisis medioambiental.

En opinión de esta antropóloga, coordinadora estatal de Ecologistas en Acción, solo saldremos adelante si entendemos que la solución no pasa ni por el coche eléctrico, ni por tecnología que conecte a todo el planeta, ni por consumir mucho menos, sino por un reparto justo de los bienes materiales. Es coautora de Cambio climático (Litera Libros, 2019).

«El ecofeminismo es útil para entender el momento en el que estamos y vivir una vida justa y digna»

–¿Siempre has sido ecofeminista?
–Mi primer activismo fue de solidaridad con los países del sur global, participé en el movimiento sindical y el ecologista. Llego al feminismo desde el ecologismo pero con una idea del feminismo bastante simplificada, y sin pensar en el ecofeminismo para dar la vuelta a las relaciones entre las personas. Leyendo a Anna Bosch entendí el vínculo entre ambas cosas. Cuando entendí que éramos ecodependientes, interdependientes, vulnerables a nuestros límites, vi que eso generaba las bases para repensar la economía.

–¿Por qué no tenemos un partido verde sólido?
–No lo hay. Un partido que concurre a las elecciones cada cuatro años tiende a no decir nada que incomode o sea incomprendido sin que la gente lo comente en la calle. Y el movimiento ecologista es tremendamente incómodo porque interpela a la riqueza, el trabajo, la economía… Por eso partidos como Más País nunca han hecho del ecologismo un tema central. Hasta que no ganemos cosas con mayoría social, los políticos no lo llevarán a su programa.

–¿Somos las mujeres lo suficientemente guerreras?
–El movimiento feminista está contando más lo que pasa, protagonizando movimientos de la Tierra. En España, los movimientos en defensa de una forma de alimentarse más natural son de mujeres, y en defensa de la vivienda, plataformas de afectados por los desahucios, en las escuelas, con los pensionistas, con los feminicidios… En política hay mujeres potentes como Eva García Sempere, Clara Serra y más que están entrando en esta línea. Pero los mismos partidos políticos deben ser repensados, porque no se puede construir nada alternativo si la sociedad y las estructuras son violentas y desiguales.

Las mujeres podemos hacer mucho en cualquier lugar y tejer lazos.

–¿Qué pueden hacer las mujeres urbanas para impulsar el ecofeminismo?
–Muchísimo. Las ciudades son los mayores sumideros de carbono y emisores de gases de efecto invernadero (GEIS), y donde más energía se consume. Los ecofeminismos son muy importantes porque pueden actuar sobre propuestas de los modelos de edificación, movilidad, calidad del aire y bienestar de la propia ciudad, reduciendo drásticamente la proteína animal, trabajando la contaminación electromagnética y la química. Las mujeres podemos hacer mucho en cualquier lugar y tejer lazos. Y no es lo mismo ser negra que blanca y europea; por eso algunas nacionalidades nos interpelan para repensarnos como personas.

–¿Las políticas ambientales deberían ser más rosas?
–No valen las políticas verdes volcadas en la reducción de GEIS injustas desde el punto de vista de género o de clase. Cada política pública debe plantearse cómo afecta a mujeres, niños y ancianos para estar seguros de que, intentando resolver problemas, no los agrava. La sostenibilidad y la justicia social deben ir juntas. Tratamos de hacerlo mediante el trabajo activista de denuncia y la investigación de personas comprometidas, como la doctora Carme Valls Llobet. Por eso la naturaleza es clave en los ecofeminismos, muy útiles para entender el momento en el que estamos y vivir una vida justa y digna.

«Eso el tejido rural debe ofrecer a las mujeres formas de desarrollar sus capacidades»

–¿Por qué se ha vaciado España?
–Tiene que ver con cómo la política pública ha abandonado muchas zonas rurales. Para que la gente quiera vivir en el campo tiene que tener un tejido rural vivo y dinámico. Y luego hay una parte poco analizada que tiene que ver con el machismo tremendo que hay en muchos pueblos, que han ido echando a muchas chicas jóvenes de un espacio envejecido. Por eso el tejido rural debe ofrecer a las mujeres formas de desarrollar sus capacidades, y por eso hay muchas mujeres montando proyectos agroecológicos en los pueblos, como el Sindicato Agrario de Galicia.

–¿Qué lugar de España tiene más potencial para transformarse en un territorio sostenible
Uno es Extremadura, con campo, biodiversidad y cultura agraria, y que podría ponerse a la cabeza de proyectos punteros. Vitoria está muy adelantada en sostenibilidad urbana, biorregión o ecorregión, extrapolando el planteamiento urbano a otros municipios. Y Cantabria tiene mayorías sociales y políticas que apoyan la sostenibilidad. Mientras tanto, tenemos que ir construyendo prácticas alternativas para hacer pedagogía porque, de vez en cuando, se producen saltos de conciencia. Todo puede cambiar de un momento a otro, como cuando aparecieron Greta Thunberg y el movimiento Fridays For Future, y sacaron a la calle a miles de personas.

–Acabas de volver de Santiago de Chile en pleno estallido social
–Me invitaron a dar charlas en varias universidades. Chile es consciente de que la economía ha crecido enormemente a costa del empobrecimiento y la precariedad de la gente y de la tierra: territorios devastados, zonas de sacrificio, tremenda contaminación, extractivismo, termoeléctricas, minas de cobre, personas viejas y pobres con pensiones miserables porque durante 30 años se ha privatizado todo (agua, estudios…) sin mejorar las condiciones de vida de las personas…

–¿En qué zona estuviste?
–Estuve con el colectivo de Mujeres de Zona de Sacrificio en Resistencia, y lo que me contaron fueron malformaciones genéticas, niños que nacen con trastornos cognitivos y de aprendizaje, enfermedades cardiorrespiratorias y episodios súbitos de contaminación a los que no han encontrado siempre explicación. En un mismo día de 2018 más de 300 niños y niñas se desmayaron en el colegio en distintos lugares, lo cual se ha repetido hasta noviembre de 2019, llegando a las más de 1.000 personas. Creen que fue por la interacción de varios químicos.

–¿Por qué Chile ha llegado a este punto extremo?
–No es por miseria, sino por un mal concepto de riqueza. Chile se ha puesto de ejemplo como modelo de privatización de varios sectores, como las pensiones. El agua que abastece Santiago es propiedad de Aguas Andinas, que pertenece a Aguas de Barcelona. Y ahora que quieren ampliar algunas instalaciones hidroeléctricas necesitan más agua y se la compran a Aguas Andinas, pero es el agua potable que abastece Santiago. Es un negocio desconectado de los riesgos y necesidades de la gente, que no pone en el centro a la población.

Pero cualquier camino que no sea consciente de que las soluciones pasan obligatoriamente por consumir menos energía, menos minerales, menos agua, es un camino peligroso.

–¿Qué otros malos ejemplos estamos siguiendo?
–Hemos sobrepasado los límites del planeta. Pero cualquier camino que no sea consciente de que las soluciones pasan obligatoriamente por consumir menos energía, menos minerales, menos agua, es un camino peligroso. Un ejemplo es el coche eléctrico. Está bien para electrificar el transporte público y colectivo, pero pensar que podemos pasar de un coche por combustión a uno eléctrico es una falacia porque hacen falta minerales como litio, neodimio o platino que son limitados. Para abordar el decrecimiento de los materiales no hay que ser ecologista. El buen reparto es cuando los recursos pueden satisfacer las necesidades de todos.

–¿Y cómo se podría arreglar esto?
–Falta pedagogía social. La pugna por Madrid Central es un buen ejemplo. La gente no es tonta y al final dice que, si ella o sus hijos van a enfermar respirando, habrá que frenar el tráfico en la ciudad o crear normativas sobre la disminución energética de edificios que generan unas emisiones tremendas con la calefacción y el aire acondicionado. Entonces, con técnicas pasivas, corrientes de aire o instalando paneles solares en los tejados se puede llegar a 2050 cumpliendo los acuerdos de París. Se necesita voluntad política y que mucha gente entienda los problemas actuales y quiera esos cambios. Hay que despertar.

–¿Estamos en ese punto?
–Creo que se ha ido ocultando la naturaleza de la crisis y las soluciones. Porque la mayor parte de las soluciones implican ponerle freno a los pingües beneficios que tienen algunos sectores económicos. Pero no se puede solucionar el cambio climático con la lógica capitalista porque este modelo es la causa de la crisis medioambiental. Y esto hay que plantearlo con claridad. La catástrofe es no hacer nada para salir del colapso.

–¿Qué grandes verdades habría que decir?
–Primero que la economía no debe seguir creciendo con los mismos criterios que hasta ahora. Otra que el bienestar de la gente no puede seguir descansando en el consumo de cada vez más cosas. Y aprender a vivir con más justicia. Para entender el momento que vivimos y para salir de esta crisis, hay que aprender a compartir hasta niveles extremos.

–¿Qué papel debe jugar la tecnología en todo esto?
–Las nuevas tecnologías no van a lograr que tengamos una economía desmaterializada, porque las tecnologías de la informacióm y la comunicación, incluido el 5G, son de todo menos desmaterializadas. La cantidad de materiales, servidores, pantallas, antenas, minerales… que necesitan es descomunal y se abastece de minerales de la tierra. Además, no se valoran las consecuencias sobre la salud que tendrán estas medidas.

–Por último, ¿crees que existe el racismo ambiental?
–Sí, las infraestructuras no deseadas siempre están en las zonas menos favorecidas, como las incineradoras. Pero si quieres luchar contra algo, tienes que organizarte. Douglas Rushkoff plantea en su libro Team Human [Equipo humano] cómo hacer equipo con otros humanos para librarse del desastre al que los millonarios saben que nos avecinamos y del que piensan huir con la tecnología. La sanidad no está informando de que la contaminación electromagnética es dañina, aunque es obvio que si el entorno enferma, nosotros también. Por eso tanta fibromialgia y endometriosis que se abordan como si fueran histeria.

¿El Green New Deal es la solución?

Yayo Herrero advierte sobre los riegos del programa mundial planteado por organismos internacionales. El programa de inversión pública conocido como New Deal ayudó a las economías europeas a superar en pocos años la miseria después de la Segunda Guerra Mundial. Ahora, organismos internacionales promueven un Green New Deal para combatir el cambio climático. En Europa hablamos de un Pacto Verde.

Yayo Herrero se muestra crítica con él. Detrás de este nuevo programa económico que simula ir hacia lo verde «puede haber de todo, porque nos hemos pasado mucho de frenada» dice Herrero. Las propuestas pueden terminar en un ecofascismo y en un capitalismo verde que no nos resuelve los problemas.

«¿Es consciente este programa de que es necesario decrecer, repartir radicalmente la riqueza, no solo por parte de los más ricos sino de otros que tenemos más de lo que nos corresponde?», se pregunta.

«Plantear que quienes han ganado dinero pueden seguir ganando lo mismo es un error grave.… Hay gente con poder que se está moviendo, sabiendo qué reservas hay, conociendo previsiones que no conocemos, que maneja las cuentas del agua, fuentes de energía…».

«Los políticos tienen inserto el mito del crecimiento vinculado con el bienestar, y aunque son conscientes de que hay que hacer algo, las soluciones chocan con el modelo económico que tenemos», explica.

Y aquí es donde falta valor, falta arrojo y osadía para actuar, dice Herrero. Pero si hay políticos que asumen que tenemos un problema y que solo se resolverá por la vía del reparto, «empezarán a cambiar otras cosas y no con tecnología. Con voluntad política algunos de estos cambios se podrían instaurar enseguida».