Tras casi dos meses de confinamiento, muchos padres y madres sufren tan altos niveles de ansiedad y estrés que, si estos no son atajados, pueden acabar repercutiendo negativamente en la relación con sus hijos.

La convivencia diaria, unida alas preocupaciones comprensibles sobre la salud y el futuro, aumentan la tensión en las familias hasta tal punto, que la paciencia y la empatía de los progenitores con los más pequeños de la casa pueden verse comprometidas. En este artículo qué influye en ello y cómo evitarlo.

Enfados, gritos injustificados… ¿Por qué llegamos a este punto con ellos?

En estas últimas semanas, estoy recibiendo numerosos mensajes de madres (y padres) preocupadas por, en contra de sus principios de crianza respetuosa, haber gritado a sus hijos o, incluso, haberles sujetado fuertemente o zarandeado.

Una de estas madres, Estrella, se lamentaba por haber caído en lo contrario de lo que se había propuesto cuando nació su hija, es decir, no repetir con su pequeña los errores que sus padres habían cometido con ella en su infancia.

Estrella me comentó, casi llegando a las lágrimas, que, en varias ocasiones, se había enfadado con su hija y la había gritado por cosas totalmente carentes de importancia. Me dijo: “No he sabido acompañarla, estaba más pendiente de mí y de mis preocupaciones que de sus necesidades”.

Realizamos varias sesiones online, en las que analizamos cada una de estas situaciones de tensión vividas en casa. Utilizamos cada uno de estos escenarios para tirar del hilo y entender cómo se había sentido conectada Estrella, la madre, con su pasado y con las actitudes que sus padres habían mostrado hacia Estrella, la niña.

Comprender cómo se sentía en su pasado, la ayudó, no solo a relativizar las situaciones que la habían enfadado, sino también a aprender a mirar a su hija bajo otro prisma, uno mucho más empático y comprensivo.

Pasos para gestionar momentos de tensión con los hijos

Las conclusiones que sacamos de todo este trabajo ayudaron a Estrella a bajar su propio nivel de ansiedad y a mejorar enormemente la relación con su hija. Quiero compartirlas aquí, por si pueden servir de ayuda a otras familias.

  • Darse cuenta de lo que sucede

El primer paso para resolver cualquier problema pasa por percatarnos de su existencia. Comprender que pagar con nuestros hijos nuestra tensión y nuestra ansiedad no es una actitud correcta, significa realizar un avance muy importante en su resolución. Tras darnos cuenta de esto, podemos trabajar para evitar volver a desbordarnos emocionalmente con nuestros hijos.

Para comprender porqué actuamos tal y cómo lo hacemos, podemos comenzar por revisar el origen de nuestros patrones de comportamiento.

¿Por qué reaccionamos como lo hacemos? ¿Por qué nos desbordamos emocionalmente? ¿Por qué nos cuesta mostrarnos pacientes con nuestros hijos?

  • Comprender nuestras circunstancias

La primera persona que debe mostrarse empática y comprensiva hacia ti, eres tú misma. No te machaques. La situación actual es muy complicada y es normal estar más nerviosa y tensa.

Además, muchas de tus actitudes las aprendiste cuando eras muy pequeña por la acción de tus mayores. Esos aprendizajes resultan difíciles de desmontar. Sé paciente contigo misma, poco a poco, podrás ir liberándote de viejos patrones dañinos y creando nuevas actitudes más saludables para todos.

  • Pedir perdón cuando haga falta

Cuando nos equivocamos y actuamos mal hacia nuestros hijos, en parte, perdemos la confianza que ellos tienen en nosotros. La mejor forma de recuperarla es explicarles lo que nos ha pasado y pedirles sinceramente perdón.

Nuestros hijos son realmente comprensivos y si le hablamos, con naturalidad, de lo que nos ha sucedido, ellos van a entendernos y renovar su confianza en nosotros. No les presiones, a veces necesitan tiempo para asimilar tantas emociones y situaciones complejas.

  • No culparnos: no somos perfectos

Debemos bajar nuestro nivel de exigencia. Los errores, las equivocaciones, las malas decisiones, en cualquier aspecto de nuestra vida, siempre van a estar ahí. Nadie es perfecto. No existen ni las madres ni los padres ideales. Todos cometemos errores y la mejor forma de superarlos es aceptar que nos hemos equivocado.

  • Proponernos cambiar

Cada experiencia nos sirve de aprendizaje para otra futura ocasión. Tras una situación difícil, cuando recuperes la calma y tengas un momento para ti, puede ayudarte mucho analizar lo que ha sucedido. ¿Qué ha pasado? ¿Cómo comenzó todo? ¿Cómo lo sentías en tu cuerpo? ¿Qué pensabas? ¿Por qué has perdido los nervios? ¿Cómo puedes prepararte para el futuro?