Viernes por la tarde. En un banco de una plaza, Mónica, Natalia y Eva, tras salir del instituto, charlaban animadas sobre los planes del próximo fin de semana:
–¿Quedamos mañana para tomar algo?
–Yo sí, perfecto. Mónica, ¿te apuntas?
–Me encantaría, pero me toca residencia.
–¿Residencia?
–Sí, tengo que ir a ver a mi abuelo. Pasaré toda la tarde.
–Ufff… –comentó Natalia–, menudo palo.
–¿Pero está bien? –preguntó Eva.
–Sí, sí, perfecto. Pero es que ¡imagínate!, tiene ochenta y cuatro años. Tenemos poco de que hablar…

Desde el banco contiguo, oyeron una voz que les decía:
–Pero sí mucho que escuchar.

Las tres amigas se quedaron perplejas. No habían visto llegar al hombre mayor que se había sentado en ese banco y que, sin levantar la mirada de su periódico, les había hecho ese comentario. Algo molesta porque se había metido en su conversación, Eva le dijo:
– ¿Defendiendo a su generación?
– No, defendiendo vuestro aprendizaje.
–Pues será que tengo mucho que aprender de un octogenario que no sabe ni lo que es un whats –dijo Mónica.

–No, no aprenderás de redes, por supuesto. Pero sí podrías aprender mucho de tu vida.

Aquella frase llamó la atención de las tres amigas, que lo invitaron a continuar:
–Cuéntenos.
–Dejadme que me presente: mi nombre es Max y lo que quiero compartir con vosotras es por vosotras, no por mí ni por mi generación.
–¡Le escuchamos!

–Cuando tenía vuestra edad, yo era un alumno mediocre, sin mucho interés por los estudios. Pero mis padres se empeñaron en que fuera a la universidad. En el segundo año quise dejarlo. Mis padres lo aceptaron, pero una noche mi abuelo se presentó en mi habitación y me dijo: “Max, cuando tu padre tenía tu edad, le encantaba estudiar. Quería ser arquitecto. Pero nos pilló la guerra. Tuvimos que exiliarnos y no pudo continuar sus estudios.
Al acabar la guerra, cuando pudimos volver, tuvimos que empezar de cero. Tuvo que buscarse un empleo y ponerse a trabajar para contribuir al sustento de la familia, olvidándose de su sueño de ser arquitecto”.

Esa conversación dio sentido a la insistencia de mis padres para que estudiara, y al esfuerzo económico que hacían. Me volqué en la carrera, y no solo me licencié sino que acabé siendo profesor de mi misma universidad.

Pero sin haber conocido esa historia, probablemente todo eso me lo hubiera perdido.

Las tres amigas se quedaron profundamente impactadas por la historia. Max lo aprovechó para continuar:
–Es difícil dar sentido a muchas cosas de la vida si no conocemos nuestra historia. Y no podemos conocerla si no escuchamos a los mayores.
Las historias de nuestros abuelos son fundamentales para entender y dar sentido a mucho de lo que nos ocurre, y a menudo estamos tan llenos de actividades y tenemos a nuestro alrededor tantas distracciones que no nos paramos a escucharles.

Mónica estaba repasando mentalmente las visitas a su abuelo y se daba cuenta de que se las pasaba chateando por whatsapp o escuchando música. Max continuó:
–Nuestro pasado como personas y como familia da sentido a nuestro presente. A veces no tenemos ni idea de qué experiencias vitales hay detrás de los valores que compartimos, o no sabemos ni quién ni cuándo se construyó la casa en dónde vivimos. Y es difícil valorar las cosas del presente y entender las relaciones del presente sin conocer de dónde vienen.

La vida en directo que hoy vivimos ignora nuestra historia. Nuestras historias. Y esto nos empobrece como personas.

Las tres amigas escuchaban con atención. Reconocían abiertamente que sabían muy poco de las historias de sus familias, y que en efecto muchas veces se habían preguntado el porqué de algunas decisiones de sus padres o de algunos episodios de sus vidas.

El discurso de Max tenía todo el sentido del mundo. Eva, sin embargo, quiso interpelarlo:
–Pero, Max, me reconocerá que vivimos otra realidad. Tenemos móviles, estamos conectados, sabemos menos de nuestro pasado pero sabemos mucho más de todo.
–Sin duda, pero el presente necesita un pasado para entenderse. No tiremos el móvil, no nos desconectemos de Internet, pero escuchemos más a nuestros abuelos. A los abuelos en general.

Es un gran aprendizaje vital. Y el riesgo de no hacerlo es que hay un montón de sabiduría que cuando los perdamos se habrá ido con ellos.

Mónica se quedó con la mirada perdida. Estaba imaginando la visita de ese sábado. Se le ocurrían un montón de preguntas para hacerle a su abuelo. Max intuía su pensamiento y añadió:
–¿Sabes, Mónica? Escuchando más a tu abuelo aprenderás mucho, no lo dudes, pero es que además a él le estarás haciendo un enorme regalo.

Laura, una cuarta amiga, apareció de repente. Mónica iba a presentarle a Max, el enigmático hombre mayor que les estaba dando aquella lección de vida. Sin embargo, al dirigir su mirada al banco contiguo no encontró más que un periódico abandonado.