Los cuentos nos han acompañado a lo largo de nuestra infancia, haciéndonos soñar, viéndonos crecer. Tienen, sin duda, una enorme importancia en el desarrollo intelectual y emocional de los más pequeños. ¿Y de los mayores? También. Los cuentos pueden ser, una vez más, el mejor camino para descubrirnos dentro del mundo que nos rodea.

  • Gracias a los cuentos, los más pequeños, aprenden. Muchas cosas. Veamos. Por ejemplo, estimulan su imaginación, es decir, su capacidad para crear imágenes. Y, claro, con las historias fomentan su creatividad a la vez que adquieren un lenguaje más rico, acertado y profundo.

Tanto imaginación como creatividad son dos de las competencias generales más demandadas en la nuevas realidades empresariales.

  • Los cuentos también nos ayudan a desarrollar la empatía y a entender las emociones. A su vez, cuando contamos un cuento a un niño o a una niña, se estrechan los lazos afectivos. Entre quien cuenta y quien escucha se produce la sutil magia de la compasión, entendida como el acompasar de dos corazones en el devenir de los protagonistas de la historia que avanza. Más. No menos importante.
  • Los cuentos nos preparan, en escenarios inventados y seguros, para vivir situaciones complejas. Y eso nos permite afrontar mejor el miedo, la ira, la pena, la pérdida, la alegría, el asco… Y todo dentro de un entorno controlado.
  • Obviamente está el tema de los valores, de diferenciar y enmarcar qué está bien y qué está mal. La moraleja, más o menos implícita, tiene su función. Siempre. Y lo que siempre tiene un cuento infantil es un final feliz. Y eso ayuda a creer en ellos. A saber que por más oscura que sea la situación, hay la esperanza de seguir adelante. De trabajar por el derecho universal de vivir nuestro propio final feliz.
  • Eso nos da el optimismo, las ganas y la voluntad necesarios como para no rendirnos, ver más opciones de las que la realidad nos pone delante y si no están, inventarlas, imaginarlas, crearlas… con esas herramientas de las que hablábamos en las primeras líneas. Un círculo virtuoso en el que, de niños, crecemos.

Los cuentos en los adultos como terapia

Pero, ¿qué pasa con nosotros? ¿Con los mayores? ¿Con los que estamos lejos de la infancia? Pues pasa que los cuentos también pueden ayudarnos a contarnos las cosas de otra manera. Todo lo que hemos dicho vale para cualquier edad. En cualquier momento. Y no solo eso.

La estructura interna de los cuentos nos puede desvelar el camino cuando éste se nos muestre complicado, imposible o invisible. ¿Cómo? En tres pasos. Introducción, nudo y desenlace, por supuesto. Veamos.

  • Tu problema en forma de cuento. Escribe, como si de un cuento se tratara, aquello que te preocupa, aquello que quieres conseguir o que no puedes por más que lo intentas. No hace falta que tenga un final. Solo es el planteamiento. Eso te permitirá tomar distancia. Perspectiva.
  • Analiza el protagonista. El protagonista o la protagonista de eso que has escrito… ¿quién está siendo en la historia? ¿Cómo se está comportando? ¿Qué dificultades tiene? Sí, eres tú, claro, pero al haberte convertido en una ficción te será mucho más sencillo descubrir si estás actuando bien, mal o, simplemente, de forma contradictoria.

Todo aquello que escribimos, y más cuando nos convertimos en ficción, es un espejo. Uno muy mágico que nos hace vernos a nosotros mismos.

  • ¿Qué final desear? Una vez has escrito acerca de lo que te preocupa y de quién estás siendo en esa historia, pregúntate cómo quieres que termine este cuento. Y, luego, pregúntate quién necesitas ser para conseguir llegar a ese final. ¿Un héroe valiente? ¿Un protagonista decidido? ¿Alguien con humildad, tal vez? Puede que necesites astucia, paciencia o ¿qué?

Esas preguntas solamente las puedes responder tú, una vez convertido en el autor de tu propia historia.

Eso, justamente, es el secreto oculto que nos enseñan los cuentos. Porque podemos usarlos para ser los autores y protagonistas de nuestras vidas y no dejar que ese papel lo tomen otros.

Así que entrenemos con cuentos. Leamos cuentos. Escribamos cuentos. La infancia que llevamos en nuestro interior, esa que cree en lo infinito, lo mágico y lo maravilloso, nos lo agradecerá.