Resulta que el amor se configura como una fabulación.
Como una expectativa irreal sobre el otro.
Proyectamos todos nuestros deseos y miedos en los demás.
Intentado un encuentro que nunca se produce.

Porque cada persona vive en un mundo.
Ese que viene determinado por su historia y su mirada.
Vivimos en lugares distintos e intentamos hacer coincidir nuestros tiempos.
Por eso tantas veces se cae la venda.
Y de pronto vislumbras la realidad.

Se te desvela quién era la otra persona.
Una desconocida.

Por mucho que hayas dormido una década a su lado.
Por mucho que sepas de esa persona.
Al final siempre hay algo que te descoloca.

Su frialdad.
Su capacidad para herirte.
Su cambio repentino.

Y esto es porque el amor romántico nos ha enseñado a idealizar.
A no “ver” a la otra persona.
A no aceptarla realmente y sí a modificarla a nuestro antojo.
A vivir en un engaño con tintes de verdad.

El problema es que nos han enseñado a amar mal.
Que nos han dicho que existe alguien perfecto para nosotros y nosotras.
Y eso lo único que consigue es que las personas tengan miedo.

Miedo a ser ellas profundamente delante de las personas que aman y las que les aman.
Por si las dejan de querer.

El amor es un acto político.
Es un lugar creado para poder ser tú sin que se te juzgue.
Es un territorio de íntima libertad.
Donde la compañía te ayuda a crecer.

En el amor no hay condiciones.
Ni chantajes.
No es te quiero si haces lo que yo quiero.
Es te quiero porque haces lo que quieres.
Y yo me quiero porque hago lo que quiero.

Y ahí es donde nos podemos encontrar.
En ese punto en el que nos dejamos de máscaras.
En el que podemos derrumbar el ego.
En el que no hay nada que demostrar.
En el que lo único que intentamos es comprender al otro.

No ganar.

El amor es una posibilidad para hacer las cosas mejor.
Para pintar o plantar un árbol mejor.
Para revalidar la vida.

Para arrancarle el futuro de la boca a la muerte.
Durante un rato.
Para sentir que la existencia.
Ha merecido todas las penas.