Abocados, como estamos, a la sociedad del rendimiento y la productividad, el no hacer nada se ve como propio de perezosos y holgazanes. Pero nuestro mundo ha sufrido un parón. Abrupto. Vírico. El Covid-19 nos ha confinado en casa. Nos ha desbaratado los planes. Frenado los pies.

El coronavirus, claro, nos ha quitado la corona de seres activos, infinitos en sus quehaceres. Parecía imposible, pero ha sucedido. Nadie podía pensar que pudiésemos parar. Pero lo hemos hecho. Nos hemos visto obligados a hacerlo. Y, sin duda, de ello vamos a aprender muchas cosas. A extraer muchas lecciones. Aquí veremos la que está relacionada con el no hacer. Veamos.

Estamos en la sociedad del rendimiento. Del producir. Sin parar.

No hace falta ir muy lejos para darnos cuenta de que todo a nuestro alrededor nos invita a más y más y más. Todo son aplicaciones para organizar las tareas. Recordatorios de actividad. Todo debe tener un resultado, como si nuestra vida fuese una cuenta de explotación de una empresa, aunque ni somos una empresa ni deberíamos explotarnos.

Pero muchos lo hacemos. Incluso con los hijos, con quienes somos capaces de permitirles cualquier cosa, de apuntarlos a miles de extraescolares, con tal de que no se aburran, como si el aburrimiento fuese el peor de los monstruos. Como veremos más adelante, no lo es.

El gran problema es que en ese hacer infinito nos hemos olvidado de conectar con nosotros mismos.

Nos hemos olvidado también de desconectar de nosotros mismos. De desintoxicarnos de las acciones. De estar en nuestro propio mundo para, después, habitar mejor el mundo que compartimos. En este sentido, las redes sociales se han convertido en un substituto de no hacer nada. Miro el teléfono, aunque nadie me esté llamando.

Chequeo el correo, aunque nadie me haya escrito, por si acaso… Subo una foto. Comparto un video de un gatito. Cualquier cosa menos estar con la sensación de no hacer nada. ¡Eso, no!

Una oportunidad para rebajar el estrés del cerebro

Hoy hay una reacción a esta realidad asfixiante, como el ya famoso caso del artista WoopsYang, que en Corea del Sur ha convertido el no hacer nada en un deporte, llegando a reunir a más de 70 personas en un parque para estar, juntos, sin hacer nada.

Mirando al vacío. Solo al vacío. Sin más. Sin buscar ni pretender. ¿Para qué sirve esto? Pues, curiosamente, para mucho, sobre todo, para relajar nuestros cerebros, sobrexcitados por la productividad y esa terrible sensación de que si no hacemos no somos nada. Nadie.

También, como están demostrando algunos estudios, nos rebaja el estrés, el agotamiento mental y, sobre todo, nos predispone a la creatividad. Sí. A la nuestra. A nuestro poder creador.

Imaginemos que estamos lanzando piedras, todo el tiempo, a un lago. ¿Resultado? Aguas agitadas, turbias, poco claras. Sin embargo, si somos capaces de no hacer nada…

De solo mirar al centro, contemplar su belleza, poco a poco, la superficie se relaja, se alisa; suave. Poco a poco el fondo se aclara y podemos asomarnos a él. Descifrarlo. Aprender. A nuestros lagos interiores les pasa lo mismo. Para calmar sus aguas, para que recuperen su transparencia, debemos dejar de tirar las pesadas rocas de la actividad. Sin hacer nada. Sin pretender nada. Sin querer conseguir nada.

El aburrimiento es nuestro aliado

Obviamente, en esta sociedad de consumo, esto es complicado porque aparece el enemigo que antes apuntábamos… ¡el aburrimiento! Pero el aburrimiento es nuestro aliado. Por ejemplo, el bostezo, la gran manifestación física del aburrimiento, oxigena el cerebro. Pero hay más. Incluso, el arte del aburrimiento tiene un nombre en inglés: niksen.

Como todo arte debemos entrenarlo y los defensores del niksen advierten de que debemos regalarnos aburrimiento.

Aburrimiento bueno. No hastío. Ni desgana. Buscar el aburrimiento. ¿Objetivo? Ninguno. Solo estar. Estar presentes en el presente. Sin más. Y ahí es donde se producirá el milagro de que la mente buscará sus propios estímulos. Y se nos revelará inesperada y sorprendente.

No en vano Aristóteles decía que el asombro es la puerta a la filosofía. Pues bien, la antesala del asombro es el aburrimiento, ese momento en el que sin fijarnos en nada de repente nos fijamos en algo que nos asombra, palabra que en su etimología significa sacar de las sombras. Eso es, pues el no hacer nada. Una preparación para sacudirnos de encima las sombras del interminable hacer.