¡Parecía una broma pesada! ¡Parecía una confabulación mediática! ¡Parecía que nos quedaba muy lejos! ¡Incluso, pensábamos que lo más duro era el confinamiento y el agotamiento de nuestros sanitarios! Sin embargo, cada día que pasa hay más testimonios de personas que están perdiendo a sus seres queridos.

Sí, esos seres de carne y hueso que, en su gran mayoría, son nuestros padres, abuelos, tíos, amigos… Esos que, hasta hace unos pocos días, nos daban dinero a escondidas, nos abrazaban, ofrecían consejos o críticas y formaban parte de nuestra vida afectiva.

De repente ¡ya no están! Y ni siquiera hemos podido despedirnos de la manera que hubiéramos deseado, siguiendo la costumbre social, a causa del confinamiento hospitalario, e incluso, funerario. Esto comporta cierto traumatismo, cuyo impacto va a depender de la manera en que se gestione, y del grado de proximidad que nos una a ellos.

¿Cómo abordar el duelo durante la crisis del coronavirus?

Todos entendemos los motivos de estas actuaciones sanitarias y políticas en una crisis como la actual, pero eso no quita que, quienes tienen que vivirlo de forma personal, no estén sometidos a una gran tristeza. Somos seres civilizados y, a diferencia del mundo animal, necesitamos honrar a nuestros difuntos. Como Antígona, las leyes de la ciudad, racionales y por el bien de todos, no son suficientes para calmar el dolor interno por una triple pérdida.

La pérdida de quien se va, la de no poder acompañarlos en ese pasaje, y ni tan siquiera dignificar su condición de humano. ¡La razón puede entenderlo, pero el corazón sufre!

Como todo lo que es traumático, quienes hayan padecido una pérdida en estas circunstancias, tendrá que enfrentarse a estas distintas dimensiones.

  • Aquella de una ausencia física absoluta.
  • La de no haber podido decirles, en sus últimos momentos, todo aquello que ha supuesto su presencia en nuestras vidas y ¡Cuánto lo van a extrañar!
  • Y la de no haberles rendido el homenaje que merecían.

Respecto a la primera solo nos queda revivir todos los recuerdos que tengamos. No huir de ellos. Seguramente eso nos dolerá enormemente y, posiblemente, nos hará llorar. Dejémonos llevar por esos sentimientos que son los que nos siguen uniendo a ellos. Esas lágrimas serán nuestro pequeño tributo.

Habrá otros momentos. Los que nos llevan a compartir con otros y encontrar la empatía de quienes también perdieron a alguien en esta coyuntura, e incluso con quienes, aún no perdiéndolos, pueden imaginarse nuestra congoja porque se encuentran en tesituras similares. Será esta parte la que nos aúne y permita la dimensión social humana. Su complicidad será como un velatorio convenido.

Y para dedicarles nuestros mejores agasajos, vayamos proyectándolos para el futuro. Vayamos pensando en hacer una gran ceremonia, con todos los conocidos; una comida, un encuentro en el que puedan hablar de él o de ella quienes coincidieron en su vida. Escoger un objeto que lo represente y guardarlo como un pequeño fetiche que une a su espíritu.

¿Cómo acompañar este duelo?

A quienes rodean a la persona que ha perdido un familiar, amigo o allegado solo les queda empatizar y ayudarla en estos distintos momentos y etapas.

Sea colgando su mensaje en las redes sociales, cosa que está sucediendo con mucha frecuencia, sea comunicándose directamente, han de sentir que se está ahí, por si necesitan algo, o solamente para que, como sucede con los aplausos a nuestros sanitarios, comprueben que no están solos, que comprendemos su pena.

La solidaridad, en el escenario actual, es lo que nos va a permitir no caer en un pozo inmenso y sombrío.

Para la gran mayoría de población esta crisis será un drama. Un drama personal, familiar, social y económico, pero para algunos, aquellos que perderán a seres humanos, será una auténtica tragedia, una herida que nunca cicatrizará del todo. Intentemos mitigarla sumando fuerzas.