Desde que nacemos estamos expuestos a múltiples agresiones que pueden provocar diversos procesos inflamatorios. ¡Quién no ha sufrido una conjuntivitis, una amigdalitis o una gastritis! La inflamación es una respuesta defensiva del cuerpo, cuyo objetivo es neutralizar el agente irritante o patógeno y reparar el tejido dañado.

El organismo ha sido perfectamente diseñado para combatir y superar las agresiones que proceden puntualmente del exterior.

Sin embargo, hoy día asistimos a un espectacular incremento de las enfermedades inflamatorias crónicas que ya no afectan solo a un órgano o a un tejido concreto sino a sistemas completos como el digestivo, el respiratorio, el articular o el inmunitario.

Todo ello no solo implica vivir con molestias sino que crea puede facilitar la aparición de enfermedades degenerativas graves como la aterosclerosis, la artritis reumatoide, las alergias, el lupus o el cáncer.

¿Qué activa la inflamación?

Son múltiples los factores que pueden desencadenar una inflamación en el organismo:

  • Bacterias, virus y parásitos.
  • Cambios de temperatura.
  • Traumatismos.
  • Desequilibrios dietéticos.
  • Agentes irritantes externos como tabaco, bebidas alcohólicas, pinturas, contaminación ambiental, radiaciones…
  • Sustancias irritantes internas (enzimas, ácido úrico, toxinas endógenas…).
  • Ansiedad, estrés y situaciones emocionales que activan diversas moléculas proinflamatorias.

Los fármacos no siempre son la solución

Desde épocas ancestrales, el ser humano ha buscado en la naturaleza elementos que le ayuden a combatir las enfermedades. Los alimentos, las plantas y el agua han sido siempre sus aliados. Pero, en los últimos dos siglos, con el auge de la industria farmacéutica, se han priorizado los medicamentos de síntesis química.

Precisamente los antiinflamatorios constituyen uno de los fármacos más consumidos. Sin embargo, aunque resultan muy útiles en momentos puntuales –incluso llegan a salvar una vida en situaciones críticas– no solucionan la raíz de muchos problemas.

Los fármacos pueden inhibir la facultad reparadora del organismo y, con frecuencia, lo acidifican. Se prolonga una situación de desequilibrio interno que da lugar a la aparición de aftas bucales, dolores de cabeza, contracturas, cansancio…

El problema se perpetúa. Si no se buscan los caminos adecuados para reforzar el sistema reparador innato del cuerpo, se llega a veces a una etapa fisiológica de agotamiento y a lesiones orgánicas irreversibles.

Los nutrientes previenen la inflamación

Los elementos a partir de los cuales se forma nuestra sustancia corporal y que mantienen nuestra energía vital proceden de los alimentos que consumimos y son esenciales para nuestra salud.

Aportan los nutrientes que permiten construir las células y dotarlas de energía. Proporcionan también elementos de protección contra su desgaste. Ese sutil equilibrio celular es la base de la salud y su alteración prolongada puede conllevar agresiones irreversibles para las funciones vitales.

Estos nutrientes se encuentran en los alimentos naturales, sobre todo en las frutas y verduras crudas. Por eso, el consumo de alimentos refinados, ultraprocesados repletos de aditivos o vegetales con restos de pesticidas favorecen la obesidad, las deficiencias nutricionales y la sobrecarga de tóxicos.

El peligro de los alimentos refinados y ultraprocesados

El consumo habitual de este tipo de alimentos se traduce en disfunciones biológicas, aumento de los radicales libres y acidificación. Estas perturbaciones homeostáticas provocan procesos inflamatorios crónicos que merman la calidad de vida y provocan un envejecimiento precoz.

El doctor Jorge D. Pamplona, en la introducción de su obra «Los alimentos y su poder curativo», resume la importancia de una alimentación adecuada para mantener la salud: «En los alimentos vegetales se encuentran auténticos medicamentos naturales, capaces de neutralizar y eliminar toxinas, regular las funciones vitales, frenar la arteriosclerosis, reducir el riesgo de cáncer y, en suma, conservar nuestra salud».

6 claves de la dieta antiinflamatoria

Los hidratos de carbono, las grasas y las proteínas resultan imprescindibles pero existen también sustancias (oligoelementos, vitaminas, pigmentos vegetales, fitoesteroles, betaglucanos, alquilgliceroles…) que están en los alimentos frescos y naturales en cantidades mínimas y que son indispensables para la vida.

Son precisamente estas sustancias las que escasean hoy en la dieta de la mayoría de personas, pero puede incrementarse la ingesta siguiendo unas reglas básicas en los hábitos alimentarios:

  1. Comer crudos. Las comidas deberían empezar con vegetales crudos siempre que lo permita la época del año. Idealmente, estos alimentos han de constituir, como mínimo, la quinta parte de la dieta. Este hábito evita la reacción inflamatoria transitoria (leucocitosis defensiva) que se favorece al ingerir una comida ordinaria compuesta tan solo de alimentos cocinados.
  2. Moderar las proteínas. Una alimentación en la que predominen la fruta, la verdura, los cereales, los frutos secos, los aceites vegetales extraídos en frío y los fermentos lácteos, en la que además no se abuse de las legumbres secas y en la que, muy ocasionalmente, se incluyan el pescado, los huevos y la carne, conserva la salud del organismo y aumenta su capacidad de rendimiento.
  3. Masticar bien. Comer sano implica dedicar un tiempo a la masticación, sobre todo de los alimentos crudos y duros.
  4. Cocciones suaves. Hay que evitar las temperaturas altas y las cocciones prolongadas, ya que generan moléculas tóxicas. Son especialmente nocivas las frituras y los asados a altas temperaturas, que dan lugar a la formación de hidrocarburos aromáticos policíclicos (sustancias carcinógenas). Lo mejor es cocinar al vapor o al horno a baja temperatura (por debajo de 110º C), en cocción suave, y en plancha ligera, sin quemar.
  5. Evitar alimentos inflamatorios. Las grasas sobrecalentadas, las conservas, los productos elaborados con harina blanca, el azúcar refinado o el café son acidificantes, poco nutritivos y dificultan el buen funcionamiento del metabolismo.
  6. Minimizar la sal. Los productos naturales contienen cantidades más que suficientes de cloro y sodio, los dos elementos constituyentes de la sal común.
  7. Equilibrar los omega-3 y los omega-6. Este es el último punto y uno de los más importantes. Los omega-6 son necesarios pero en exceso favorecen la inflamación. En cambio, los omega-3 con antiinflamatorios. Si sigues una dieta vegetal, debes reducir o eliminar los aceites y grasas de maíz o girasol y consumir a diario semillas de lino trituradas o su aceite. También son recomendables las semillas de chía y las nueces.

El valor del ayuno

Cuando aparecen alteraciones como cansancio, dolores dispersos, edemas, etc. puede ser el momento de realizar una cura depurativa que se prolongue varios días y cuyo objeto sea eliminar toxinas del organismo y reducir de esta manera la inflamación que genera el exceso de acidez.

El ayuno se ha demostrado a su vez muy efectivo ante un proceso inflamatorio. En ocasiones incluso surge espontáneamente como respuesta del organismo: desaparece el apetito y no suele volver hasta que se ha resuelto el proceso.

Se puede hacer a base de agua o reforzado con otros líquidos (zumos de frutas frescos, caldos de verduras e infusiones). Pero una dieta ligera, que siga las pautas expuestas, puede bastar.

En primavera, verano y otoño, cuando abunda la fruta fresca, se puede pasar unos días alimentándose solo de una fruta o su jugo. Las curas más frecuentes en el entorno mediterráneo son las de cerezas, uvas e higos. Pero tan importante como la cura es cuidar la vuelta a la alimentación.

Una semana para eliminar toxinas

Otra posibilidad es hacer durante una semana una dieta depurativa como la que propone el médico naturista Pedro Ródenas:

  • En ayunas, una taza de caldo vegetal (con mucha cebolla y apio), el zumo de un limón y una cucharada sopera de levadura de cerveza.
  • A la media hora, una ensalada de frutas.
  • A media mañana, una pieza de fruta, y media hora antes de comer, una taza de caldo vegetal.
  • La comida: una ensalada abundante (con vegetales, germinados, semillas, algas…) y verdura (hervida, al vapor, en puré o en sopa) con algún cereal integral hervido (arroz, avena, cuscús…) o patata. De postre, una manzana o una pera.
  • La merienda es como el desayuno. Media hora antes de cenar, una taza de caldo vegetal.
  • La cena, como la comida. Sin límite de cantidades.

5 plantas medicinales eficaces

Al margen de las pautas dietéticas, para reducir las inflamaciones –externas e internas– disponemos de múltiples aliados naturales, como determinadas plantas medicinales:

  1. Aloe vera (Aloe barbadensis Miller). Su zumo normaliza el pH y restablece la integridad de la mucosa digestiva. El gel de la planta, aplicado directamente sobre la piel, es un gran cicatrizante y regenerador dérmico.
  2. Cardo mariano (Silybum marianum). La silimarina presente en esta planta es una sustancia muy activa que desinflama el hígado, lo regenera y estimula su capacidad detoxificadora.
  3. Cúrcuma (Curcuma longa). Inhibe la síntesis de algunos mediadores de la inflamación: reduce los niveles de histamina y aumenta la producción de cortisona natural en las glándulas suprarrenales. Así consigue un alivio inmediato del dolor.
  4. Grosellero negro (Ribes nigrum). Las hojas contienen flavonoides que ejercen una acción diurética, antiinflamatoria y antirreumática. Muy efectivo para eliminar el exceso de ácido úrico, reducir cálculos renales y mitigar las alergias.
  5. Ulmaria (Filipendula ulmaria). Contiene derivados salicílicos, de reconocidas propiedades antiinflamatorias, analgésicas y antipiréticas. También es diurética. Se usa para tratar la artritis, la gota y las inflamaciones de las vías urinarias.

Terapias de apoyo para reducir la inflamación

Asimismo, las terapias dirigidas a potenciar las defensas naturales del organismo resultan muy útiles para tratar las inflamaciones. Destaca la efectividad de la hidroterapia, en forma de chorros, baños, envolturas, etc.

Los tratamientos a base de agua fría o caliente activan la circulación y van muy bien para descongestionar una zona corporal. También el drenaje linfático –un tipo de masaje lento y suave que propicia la eliminación de toxinas del líquido intersticial– es muy recomendable cuando hay edemas.

La sinergia entre una alimentación adecuada y la aplicación de ciertos remedios naturales es la mejor fórmula para que el cuerpo pueda hacer frente a las inflamaciones, reparar los tejidos y disfrutar de una vida saludable.