Probablemente, el amor es el gran tema de nuestras vidas. Si nos preguntaran qué es lo más importante de nuestra existencia, muchos diríamos que aquellos a los que amamos. Y es cierto: en el vínculo con el otro se despliega la vida, es el afecto por nuestros seres amados lo que nos impulsa y da sentido a cada instante.

Si nuestra vida merece la pena ser vivida, si decidimos seguir en esta Tierra a pesar de las dificultades, el dolor o el sufrimiento, es porque tenemos a alguien a quien amar, o algo a lo que amar.

El amor nos mantiene unidos a la existencia

Son las acciones que el amor nos mueve a hacer lo que nos aporta plenitud y nos humaniza: sean expresiones de afecto y relación con otras personas, sea el placer de crear y gozar de aquello que amamos, como el arte (en todas sus manifestaciones, desde la música a la lectura) o los regalos que nos brinda la naturaleza (podemos amar profundamente a un animal, o a un paisaje, por ejemplo).

Todo gira alrededor del amor, porque este no es solo un sentimiento; es, por encima de todo, la acción expresiva que procura el bien del otro. Porque quien ama de verdad, busca, en esencia, hacer el bien al ser o al objeto amado.

La evolución del amor

Con el paso del tiempo, el amor también es la gran constante que nos acompaña, siempre presente. Nacemos como consecuencia del encuentro entre dos seres que se unen por el impulso de la vida manifestado en la fuerza del deseo.

Una vez en la Tierra, crecemos y vamos madurando. Y el amor evoluciona y se va manifestando y expresando de otros modos y formas: afecto, ternura, gratitud, perdón, compromiso, lealtad, paciencia, compasión, generosidad, benevolencia, caridad, alegría, inspiración, goce.

Todas ellas y tantas otras son manifestaciones de un amor que crece, que se arraiga y se humaniza, y que puede obrar el milagro de transformar vidas, de desarrollar talentos, de sanar heridas, de alquimizar sufrimientos, de inspirar y liberar. Porque son muchos los dones y las potencias del amor.

Su presencia cuida, mima, nutre, protege, acompaña, repara, sirve, desvela, revela, ilumina, inspira, transforma, consuela, guía, reconforta, alegra, sana. Es a la vez la gran medicina y el gran impulsor. Es el camino que nos guía hacia la salida del laberinto de la tristeza y la desesperación.

Por eso merece la pena cuidar los afectos valiosos, porque es gracias a ellos –en el papel que representen: pareja, hijos, padres, hermanos, abuelos, amigos– que dejamos de ser islas para devenir continentes de encuentro, de plenitud y de sentido.

¿Te necesito y te amo, o te amo y te necesito?

–¿Qué es el amor? –preguntó el discípulo.
–La ausencia total de miedo –respondió el maestro.
–¿Y a qué tenemos miedo? –volvió a preguntar el discípulo.
–Al amor –dijo el maestro.

Y es cierto. El amor maduro, al que se refiere el maestro del relato, no tiene miedo; pero el amor inmaduro, que idealiza al otro y que ve en él toda perfección y garantía de felicidad, rebosa temor. Cuando el amor es dependencia, surge el miedo a perder. Y, paradójicamente, el miedo a perder nos hace perder…

Cuántas relaciones se han roto por un amor dependiente, obsesivo, asfixiante, que puede llegar a ser agresivo. Si dependemos del otro emocional, psicológica, incluso espiritualmente, devenimos su esclavo y, en consecuencia, le tememos. Así, quien teme, no puede amar. «Te quiero, porque te necesito», diría el amante egoísta e inmaduro a la persona que dice amar.

Bien distinto es el amor del que quiere el bien del otro. Entonces, cuando decimos «te amo», todo cobra sentido. Ese amor viene a decir: «no necesito ni quiero poseerte. Te quiero, sí, pero te quiero libre. Te amo tal y como tú eres. No quiero amar ideales imaginarios, quiero amar la realidad de tu ser. Mi amor no requiere de tu adaptación ni sumisión. No estás aquí para completarme. Te amo en tu autenticidad, en tu esencia, en tu humanidad imperfecta, que es tu verdad».

Y desde esa verdad de aceptarnos como somos, nos encontramos para compartir, sabiendo que lo único cierto es la incertidumbre, que no sabemos qué nos depara el mañana, pero sí sabemos que está en nuestras manos crear, cada día, en cada instante, ese amor que deseamos cuidar, hacer crecer y perdurar, dando lo mejor de nosotros.

Así, y a diferencia del caso anterior, quien ama de este modo no teme. «Te necesito, porque te amo», diría el amante autónomo y maduro a la persona que ama.

Todas estas formas de amar conviven a menudo, y no son incompatibles. Admiten, si cabe, combinaciones distintas: hay amores más egoístas (o más centrados en el yo) y los hay más altruistas (o más centrados en el otro).

El amor desconectado de la realidad

Amor no es resignación eterna, vulneración de principios, sumisión, descalificación o engaño. Los límites del amor están en nuestro amor propio, en nuestra dignidad.

Buena parte de las enfermedades amorosas tienen una raíz llamada miedo. Miedo a que el otro se vaya; a que me falle; a que no sea como quiero que sea; a que el futuro imaginado no se encarne como lo esperé. El amor, como la libertad o la felicidad, se caracteriza por la ausencia de miedo, esto es, por la confianza. Y no puede haber compromiso sin confianza, y esta a su vez no es posible sin respeto.

Tener claro cuál es mi límite y cuál el tuyo es un ejercicio que solo nace de la consciencia. Pero para ello es necesaria una madurez emocional que debe ser trabajada.

Porque el amor es un arte que implica reflexión, trabajo, cuidado del detalle, aprendizaje continuo, diálogo sincero, proyecto compartido, voluntad de sentido y que seamos capaces de evaluar lo que estamos construyendo juntos, lo que pone el uno y lo que pone el otro.

No «pensar el amor» nos lleva irremediablemente a la inconsciencia, a la desconexión con la realidad y a que la inercia haga estallar de repente aquello que no ha sido nombrado ni elaborado a su debido tiempo.

Amor y consciencia

Amar implica comprender. La consciencia es la esencia del amor, y a la vez, el amor es la esencia de la conciencia. Pero para comprender necesitamos invertir tiempo en aprender, en observar, en prestar atención. Saber escuchar, no solo con los oídos que nos procuran el sonido, sino con los oídos del corazón.

Si observamos sin autoengaños ni ocultaciones, podemos darnos cuenta de cómo es en verdad el otro, de lo que necesita, siente y quiere. Y, también, podemos y debemos hacer lo propio con nosotros mismos. En realidad, por suerte o por desgracia, si no podemos comprender se nos dificulta el poder amar.

Luego la conquista de la calidad en el vínculo amoroso pasa por la conciencia que une a los amantes. Ya lo decía Paracelso, el sabio alquimista: «quien conoce, ama; y quien ama, quiere conocer. Cuanto mayor es el conocimiento, mayor es el amor»» Conciencia y amor establecen así una dialéctica bella y virtuosa que nos hace crecer.

Y, paradójicamente, ese conocimiento también puede ser el gran bálsamo en caso de que la relación no funcione, porque desde la conciencia y desde el respeto que nace de esta es mucho más fácil gestionar los conflictos, comunicarnos con respeto e intimidad, generar empatía, resolver diferencias o, llegado el momento, separarnos guardando el afecto por lo vivido y poniendo palabras al adiós, más que actos de sabotaje mutuo que acaben generando desencuentros cargados de tristeza y rencor.

Intimidad, entrega y humildad

Pero abrirse al otro no es tan fácil. Mahatma Gandhi enunciaba con lucidez este principio cuando decía que «un cobarde es incapaz de mostrar amor; hacerlo está reservado a los valientes». Y el filósofo alemán Adorno lo describió bellamente: «serás amado el día que puedas mostrar tu debilidad sin que el otro se sirva de ella para afirmar su fuerza». Porque el amor, además de conciencia, nos pide intimidad y entrega.

La intimidad es el reposo del amor, el resultado de haberlo trabajado largo tiempo. Precisamente lo que caracteriza la calidad de un momento íntimo tiene que ver con gestos pequeños pero de gran valor, porque nada es pequeño en el amor si este es auténtico: una conversación amable, la generosidad de acordarse de aquello que hace sentir bien al otro y procurárselo, la escucha activa y entregada, la mirada cómplice, el mimo, abrazo, arrullo o beso inesperado, el cuidado del detalle en lo cotidiano, la memoria del acontecimiento que pide ser celebrado.

Y en la parcela que mantiene vivo el deseo tenemos todas las manifestaciones de la ternura: la caricia, la fantasía, el juego, la lujuria, la pasión o el clímax gozoso donde dos se saben uno. Allí el amor se encarna.

Los límites del amor

¿Debe el amor, para ser bueno y sano, tener límites? Entendemos que sí, que debe tenerlos. Pues nos va la vida en ello, literalmente hablando.

¿Cuántas personas enferman e incluso mueren de amor? ¿Cuántas enfermedades tienen un origen psicosomático a causa de una disfunción emocional resultado de un desengaño, de una mentira, de un maltrato permanente, de una manipulación, de no querer ver la situación que les rodea? Muchas. Demasiadas, tal vez. Por ello, el límite y el remedio a los malos amores está solo en la conciencia, en el equilibrio emocional para el que, en general, no hemos sido educados.

El equilibrio emocional implica capacidad de cuestionamiento interno y de diálogo permanente con nuestra pareja. No desde la inquisición, sí desde la dignidad, la apertura, la pregunta amable, la ternura y el deseo de bien común.

La confrontación, sin embargo, a veces permite quitar disfraces a realidades incómodas en las que, sin darnos cuenta y para evitar el dolor, nos acabamos camuflando y perdiendo.

El amor maduro y consciente

Probablemente combina el amor propio con el amor al otro. Amarte a ti no implica anularme o destruirme a mí. Mi amor por ti no justifica mi abandono ni mi sacrificio existencial por mucho que el entorno o la historia haya repetido hasta la saciedad que así debe ser. Por ello, no puede haber el tan necesario equilibrio emocional sin amor propio, sin respeto a uno mismo.

Amar es construir una realidad conjunta basada en la responsabilidad, el respeto, el proyecto y la visión de futuro compartidos, y también en la ilusión, la esperanza y los anhelos que hemos ido trenzando.

Amar no es soportarlo todo al precio del sacrificio de la propia vida. Un amor que exija en contraprestación el propio sacrificio emocional e incluso existencial no es amor, sino esclavitud disfrazada de exigencia romántica, conflicto instalado de manera permanente y asumido como el escenario de lo cotidiano. Todos ellos contextos que pueden favorecer la depresión o el abandono existencial a largo plazo.

El amor como vía de conocimiento

Como todo lo que merece la pena, el amor que se trabaja sale mejor si se cuece a fuego lento, con paciencia, humildad, cariño y tiempo.

El amor no es solo deseo o un sentimiento. Es el resultado de un proceso de toma de conciencia, de un ejercicio de intimidad, de una práctica de generosidad y entrega, y del triunfo de la voluntad de querer el bien del ser amado y de respetar su dignidad.

El amor se trabaja, en definitiva. Es un oficio, como el oficio de vivir, que se aprende si uno pone ánimo y entusiasmo en aprender. Y nos guste o no, aprendemos de los errores.

Porque no hay amor perfecto ni impecable. Quien sabe amar se ha equivocado varias veces. Pero como en todo proceso de aprendizaje ha sabido reflexionar, pedir perdón, extraer conclusiones, incorporar nuevos y mejores hábitos, y avanzar en el camino de la vida con el regalo de la experiencia.

Amar es un arte, como escribió Erich Fromm. Por eso el amor nos hace mejores, más sensibles, más lúcidos, más éticos, y nos cura. Sabemos cuándo alguien nos ama de verdad porque nos regala serenidad, plenitud y alegría, y nos invita a ser no solo quien ya somos, sino quien podemos llegar a ser.

Al amar de verdad cre­cemos

Porque esa fuerza, que nace del centro de nuestro ser, nos lleva a querer ser mejores para el otro, a cuidarle mejor, a darle lo mejor de nosotros mismos.

El amor es inspiración y logro a la vez, camino y destino. El arte de amar es lo que nos ayuda a dar sentido a la vida, no solo a la propia, también a la de los demás, porque aprender a amares, quizás, el más bello de los propósitos humanos.

«El regalo más bello que nos hayan hecho nuestros padres no es habernos amado; es habernos enseñado, tanto como pudieron, a amar», afirma el filósofo francés André Comte-Sponville.

Y deberíamos añadir que este principio es aplicable a nuestros amigos y, especialmente, parejas. El mejor regalo que nos dan no es solo su amor, sino lo que podemos aprender y crecer gracias a él.