El intestino es, sin lugar a dudas, uno de los órganos más importantes y, paradójicamente, menos conocidos de nuestro cuerpo. ¿Sabes que mide de ocho a nueve metros de longitud y posee una superficie que, extendida, podría cubrir todo un campo de fútbol?

Y no terminan aquí las sorpresas. El tubo digestivo no es un medio estéril, pues alberga cien billones de microorganismos, es decir, multiplican por tres el número de células del cuerpo humano.

La actividad metabólica de estas bacterias intestinales sería equivalente a la del hígado. Se calcula que el 40% del peso de las evacuaciones está constituido por microorganismos, y que en 1 ml de contenido del intestino grueso hay diez veces más gérmenes que glóbulos rojos contiene 1 ml de sangre.

La importancia del buen estado del intestino en la salud de todo el organismo

Durante muchos años el estudio de la flora microbiana ha sido descuidado. En los últimos tiempos, sin embargo, la investigación del sistema inmunitario, por un lado, y el estudio de las resistencias bacterianas, por otro, han permitido conocer mejor este mundo que bien puede llamarse «ecosistema intestinal».

Hasta ahora se han identificado más de 400 especies microbianas anidadas en la flora intestinal humana. Se calcula que el estudio bacteriológico de una muestra de heces podría durar un año. Las especies anaerobias –que no precisan oxígeno– constituyen más del 99%.

Toda esta gran colonia bacteriana se reproduce continuamente y, lejos de ser una anomalía o un peligro, cumple beneficiosas funciones.

Cómo se forma la microbiota

Cuando el bebé llega al mundo, ciertos microbios comienzan a multiplicarse y a colonizar el tubo digestivo. Provienen del medio ambiente, de su madre u otras personas próximas, y se componen esencialmente de bifidobacterias.

Muy pronto, la alimentación del recién nacido actúa a su vez sobre el anidamiento de estos microorganismos. La flora intestinal del lactante se forma en función de numerosos factores, como son el tipo alimentación que sigue o las condiciones del entorno.

Así, los bebés alimentados con leche materna tienen una flora distinta a los que toman biberón; la de aquellos es, entre otras cosas, más rica en bacterias bífidas. La composición de esta flora irá pronto modificándose a medida que la dieta del niño se vaya diversificando y se aproxime a la de un adulto.

La composición de la microbiota intestinal es variable

Por otro lado, la composición de la flora intestinal no tiene por qué ser igual en todas las personas ni áreas geográficas. No produce, por ejemplo, la misma flora la alimentación típica del norte de Europa que la comida especiada de paí­ses como la India o México.

Las bacterias intestinales mantienen, en condiciones normales, cierto equilibrio entre sí que contribuye a la salud y el bienestar. En el momento en que este equilibrio se altera (disbacteriosis) se desarrollan las bacterias patógenas, como los colibacilos y los estafilococos, que generan toxinas y desechos difíciles de eliminar.

Aparecen entonces trastornos intestinales como estreñimiento, diarreas, gases, malas digestiones, etc. No hay que olvidar, por otro lado, que en el intestino conviven dos tipos de bacterias: las residentes, fijadas a las células intestinales, y las transeúntes, que llegan a través de los alimentos ingeridos.

Múltiples funciones vitales

La función principal de los microorganismos residentes consiste en mantener el intestino en condiciones fisiológicas normales. Pero también realizan toda una serie de actividades enzimáticas y metabólicas.

Se encargan, por ejemplo, de metabolizar nutrientes –glúcidos, lípidos y prótidos– que no han sido previamente absorbidos y que les sirven de alimento.

Respecto a las grasas, es importante tener en cuenta que pueden desdoblar los ácidos biliares y el colesterol, lo que es útil en aquellas personas con cifras elevadas de hipercolesterolemia.

Las bacterias producen vitaminas

Otra característica notable de estas bacterias intestinales es su capacidad para producir cantidades significativas de vitaminas del grupo B, así como de vitamina K, imprescindible para la coagulación sanguínea en caso de heridas. Asimismo, pueden destruir productos tóxicos ingeridos con la alimentación.

Así pues, la microflora autóctona puede ser considerada parte integrante de las defensas antiinfecciosas del organismo, en una zona especialmente expuesta a la agresiones infecciosas, parasitarias o alimentarias.

Una barrera de protección

Cuando está equilibrada, la flora intestinal forma una verdadera barrera protectora frente a la implantación y proliferación de gérmenes patógenos. Y condiciona el establecimiento y la maduración del llamado sistema inmunitario intestinal, pues la mucosa del intestino incluye todas las especies de células inmunocompetentes, con una gran proporción de linfocitos (B y T).

También es notoria la presencia de inmunoglobulinas, especialmente la IgA, que tienen varias funciones defensivas: inhibir la adherencia de las bacterias patógenas a la pared intestinal, neutralizar los virus y excluir a los antígenos.

Esta flora tapiza por completo las paredes del colon, formando una barrera donde no podrá alojarse ninguna bacteria patógena (como una salmonela introducida por la alimentación), lo que le impedirá desarrollarse y alcanzar la sangre o algún tejido para causar daños.

La microbiota estimula la inmunidad en el tubo digestivo. En efecto, al igual que la piel y otros tejidos, la mucosa intestinal alberga células inmunitarias que protegen de los gérmenes presentes en la alimentación.

Vemos, pues, que la flora, con su incesante actividad, estimula estas defensas locales. Gracias a ella, el sistema inmunitario se halla en buenas condiciones, y la capacidad del organismo para hacer frente a la enfermedad es mayor.

Posibles desequilibrios de la microbiota

Pero el equilibrio de la flora es dinámico, está en constante cambio, y puede alterarse por diversas causas. Según el Dr. P. Bernasconi, especialista en el tema, estos son algunos de los principales factores que pueden provocar un desequilibrio:

  • Factores internos o vinculados al sistema digestivo. Los déficits inmunitarios congénitos o adquiridos, la malnutrición y las enfermedades debilitantes, crónicas o graves pueden participar en una ruptura del equilibrio de la flora y del ecosistema intestinal.
  • Factores externos. Un cambio drástico de alimentación o entorno, como cuando se viaja a otros países o en una hospitalización prolongada, e incluso un estrés emocional, que debilita las defensas, pueden favorecer el desequilibrio del ecosistema intestinal.
  • Factores yatrógenos. Hay intervenciones médicas que alteran la flora intestinal: la cirugía del estómago e intestino, e intervenciones terapéuticas –como tratamientos con medicamentos– que disminuyen la resistencia a las infecciones o alteran el tubo digestivo.
    Los antibióticos, tan frecuentes, destruyen tanto los microorganismos patógenos como la flora intestinal (ver recuadro de la primera página) y favorecen la aparición de bacterias resistentes. Es importante no usarlos de forma sistemática y acompañarlos de medidas para reforzar la flora (como el consumo de yogur y bacterias lácticas).
    Los tratamientos con quimioterapia y los corticoides son también capaces de alterar la flora, al igual que los medicamentos antiácidos y los reguladores del tránsito intestinal.

Cómo mejorar el estado de la microbiota intestinal

Conociendo las funciones beneficiosas que cumple la flora intestinal, y los factores que pueden alterar su equilibrio, es fácil comprender la importancia de velar por su buen estado. Para ello, es fundamental prestar atención a la higiene del tubo digestivo, beber agua, seguir una dieta sana y vigilar el consumo de medicamentos.

Una forma sencilla y fácil de mejorar la flora intestinal consiste en consumir a diario bebidas y alimentos fermentados, ricos en ácido láctico y bacterias vivas, como el yogur, que aporta Lactobacillus bulgaricusyStreptoccocus thermophilus.

Otros productos contienen Bifido­bacterium longum (o bífidus activo) y Lactobacillus acidophilus, cuya misión es impedir la fijación de las bacterias patógenas absorbidas con los alimentos o con las bebidas.

Estas bacterias lácticas pueden obtenerse incorporadas a yogures, o concentradas, en forma de polvo o cápsulas, y se venden en tiendas de dietética o farmacias. De este modo, tanto las personas sanas como las enfermas pueden cuidar su flora intestinal, repoblándola de bacterias amigas.

Cómo alimentar la microbiota beneficiosa

Los alimentos que se toman a diario influyen en la flora intestinal. Estos consejos ayudan a mantenerla en buen estado:

  • Menos refinados y grasas. Conviene evitar comidas demasiado grasas y las harinas refinadas, así como abusar de carnes o embutidos y de excitantes como el café.
  • Más fermentados y crudos. Además de tomar yogur habitualmente u otros productos fermentados (chucrut o miso), conviene comer pan integral bio (con levadura natural), ensaladas como entrante, y fruta, mejor como tentempié.
  • Agua mineral. Es aconsejable beberla a lo largo del día, mejor entre comidas, a temperatura normal.
  • No abusar de las proteínas. Hay que evitar una alimentación muy proteica (favorece las fermentaciones) y preferir las de origen vegetal.
  • Azúcares. Son preferibles los glúcidos sin refinar (fruta fresca y desecada) al azúcar refinado.
  • La necesidad de fibra. Comer alimentos ricos en fibra es básico: el estreñimiento crónico puede alterar la flora intestinal. Por otro lado, la fibra que no es digerida por el estómago y el intestino delgado (sobre todo celulosa) llega casi intacta al colon, donde ejerce un efecto muy favorable sobre la flora. Son excelentes para la flora la zanahoria, la cebolla, la alcachofa y el espárrago, todos ellos vegetales ricos en inulina.