Las preocupaciones pueden arrastrar a la mente a un círculo vicioso de pensamientos y emociones negativas. Siempre tenemos la opción de salir de él cambiando nuestras emociones y esto pasa por agarrarse y reforzar las positivas.

1. Haz un inventario de alegrías y practícalas

Reconoce las ya vividas, las que te esperan y las que componen tu día a día. El músculo del estado de ánimo aumenta su potencia si somos capaces de reconocer las satisfacciones cotidianas y darles espacio.

En el extremo opuesto, renunciar a la sal de la vida –siempre nos llega en pequeñas dosis– para cumplir con más obligaciones, horas extra y preocupaciones innecesarias puede llevarnos al lamento más común de los moribundos, según recogió la enfermera australiana Bronnie Ware: «Ojalá hubiera tenido el coraje de hacer lo que realmente quería hacer y no lo que los otros esperaban que hiciera».

2. Rodéate de optimistas

Por contagio emocional, el círculo del que nos rodeamos marca la calidad de nuestro estado de ánimo. Según el motivador norteamericano Jim Rohn: «Eres la media de las cinco personas con las que pasas más tiempo».

Si te rodeas de amigos que no llegan al aprobado en alegría, por pura simbiosis suspenderás en la escuela del buen vivir, ya que estás bajo su influencia y acabarás adoptando su visión de la vida y sus prejuicios.

Para lograr «subir nota», tendrás que reducir el tiempo que consumes con estas personas y así dar oportunidad para que otros compañeros más positivos ganen una mayor relevancia en tu vida.

3. Sal a la naturaleza

En las ciudades suelen darse muchos más casos de depresión que en el campo, donde las personas laten al ritmo natural de la existencia. Por esta razón, un paseo por los bosques –o incluso por un parque– nos devuelve nuestra armonía esencial.

Nos sentiremos bien por el solo hecho de estar entre el silencio y el frescor de los árboles, disfrutando del canto de sus hojas y del olor penetrante de la resina. Podemos abrazarlos incluso. Cada vez que retomamos el contacto con lo natural volvemos al paraíso original de nuestra alma.

4. No critiques ni te compares

Un gran destructor de la alegría que viene con nosotros «de fábrica» es el hábito nocivo de hablar mal de los otros, como si no tuviera importancia, ya que, al hacerlo, nuestra mente se tiñe de la misma negatividad que estamos señalando en los demás, y nos pone en evidencia ante quienes nos rodean, pues como bien dice la sabiduría popular «quien critica, se confiesa».

Del mismo modo, tratar de alcanzar lo que tienen otros y buscar nuestra satisfacción personal en ello es un seguro de infelicidad. Uno de los más importantes secretos de la alegría es que surge de forma espontánea dentro de uno mismo, sin pasar cuentas con el mundo, aunque cuando la tenemos se multiplica al compartirla con los demás.

5. Evita el pasado y el futuro

Podemos recordar con placer los grandes momentos vividos y cargarnos de esperanza ante las maravillas que nos quedan por experimentar, pero la alegría se construye donde estás ahora.

El instante presente será el recuerdo del futuro, y su calidad dependerá de la pasión con la que lo hayas vivido hoy. Quien sabe darle valor a un encuentro de amigos, como si no existiera nada más en el mundo, lo recordará de forma entrañable.

En cambio, si nuestra mente siempre se proyecta hacia adelante o hacia atrás, dejaremos escapar la alegría como la nieve que se funde entre los dedos.

6. Da las gracias

En su bella carta de despedida, publicada en The New York Times, el neurólogo Oliver Sacks afirmaba tras una larga enfermedad: «He amado y he sido amado; he recibido mucho y he dado algo a cambio; he leído y viajado y pensado y escrito (…) Por encima de todo, he sido un ser sensible, un animal de pensar en este hermoso planeta, lo cual ha sido un enorme privilegio y aventura».

La gratitud es el abono de la alegría, ya que nos conecta de forma profunda con el privilegio de estar vivos, sea mucho o poco el tiempo que nos quede. Un día bien disfrutado tiene el valor de una existencia entera.