Se suele asociar la empatía con sufrir y sentir aquello que el otro siente.La propia etimología de la palabra remite al concepto griego de pathos o sufrimiento. No obstante podría decirse que algunas personas empatizan mucho y se preocupan por las demás casi constantemente, mientras que otras ni siquiera son capaces de percibir cuándo el otro se siente vulnerable o feliz.

La empatía saludable nos permite participar de los sentimientos de los que nos rodean y congratularnos o dolernos con ellos; ayuda, por tanto, a vivir en armonía con el entorno. Acompañar a los demás y hacerlo bien contribuye a mejorar la calidad de las relaciones, lo que redunda en una mayor sensación de plenitud y autoestima.

Error 1: sufrir demasiado por los demás (o más que ellos)

Nadie puede vivir solo, aislado de los sentimientos de los demás, pero cuidado: nadie debería vivir inmerso eternamente en la turbulencia de la emocionalidad propia y ajena.

En las relaciones humanas saber compartir los acontecimientos vitales, las crisis, las alegrías y las experiencias dolorosas de los demás forma parte del arte del buen vivir, por ello conviene estar atento a lo que sucede a nuestro alrededor.

Sin embargo, para muchas personas este tipo de sintonía se convierte en una pesada carga si no se establece una separación entre lo que les ocurre a los otros y lo que le sucede a uno mismo. Sufrir en demasía por un hijo puede suponer un lastre para su desarrollo; padecer a todas horas por una pareja, un familiar o un amigo no solo no suele ayudar a resolver las dificultades, sino que puede hacernos sentir desgraciados e incompetentes.

Es importante preocuparse por los que nos importan, pero hay que saber distinguir cuándo nuestra capacidad de compartir las emociones excede lo saludable y lo útil.

Una buena pregunta cuando nos damos cuenta de que estamos empatizando en exceso es: ¿Está colaborando mi malestar a que el otro se sienta mejor?

Error 2: Tratar de solucionar el problema del otro

Cuando por empatía nos invade la angustia por lo que le sucede al otro, solemos abordar la situación de diferentes maneras: por ejemplo, sermoneamos a la persona sin demasiado éxito, o actuamos directamente realizando acciones que nadie nos ha pedido.

Marina Solsona, psicoterapeuta y experta en constelaciones familiares, suele decir, aplicando la frase en sentido literal, que cada persona cargue con su propia cruz.

Quizá entendemos la empatía como pretender arrancársela de sus manos para tirarla o llevarla nosotros. Sin embargo, en muy pocas ocasiones se nos agradece el gesto, incluso a menudo la persona resulta ofendida por nuestro empático intento de ayuda.

Error 3: Dar consejos innecesarios o no solicitados

El consejo suele pertenecer a nuestro modelo de mundo. En ocasiones nos puede angustiar tanto lo que le ocurre al otro que nos precipitamos a aconsejarle. Pero conviene recordar que si la persona pudiera hacer de inmediato lo que le decimos no tendría esos problemas.

Ser paciente con los demás y respetar sus tiempos, sin dar consejos obvios o no solicitados, es un camino real hacia la empatía.

Solemos tener el hábito de traducir aquello que observamos en el otro a nuestro propio idioma, lo que lleva a extraer conclusiones de lo que ocurre en base a nuestras experiencias, historias personales y expectativas.

Pero si realmente queremos empatizar no hay nada peor que pretender que los demás vivan las cosas exactamente como nosotros y que, consecuentemente, actúen como nos parece correcto.

Error 4: No ponerte en la piel del otro

En una ocasión visitamos a una enfermera que había perdido a un hijo recién nacido. Estaba muy deprimida. Como tenía ya un niño de cuatro años y una niña de dos, todo el mundo intentaba animarla. Le preguntaban cómo estaba y luego le aconsejaban: «Tienes otros dos hijos, por lo que deberías estar contenta y tirar adelante».

Ese es un ejemplo poco eficiente de empatía. Si prestamos atención al otro, cabe darse cuenta de que la tristeza y la rabia son reacciones naturales en un caso así. Poniéndonos en su lugar probablemente nos demos cuenta de que el hecho de tener dos hijos no te restituye la pérdida del bebé que murió.

La empatía genuina nace con la idea de que la persona que sufre se sienta validada en su experiencia, así que decirle: «¿Cómo no vas a estar mal? ¿Qué saben ellos?» era una manera de expresar que comprendíamos lo que pasaba. Entre sollozos dijo: «No me han dejado llorarlo».

Poder hablar de eso nos permitió, con el tiempo, crear un ritual para ayudarla a seguir adelante al tiempo que podía despedirse de su bebé.

Cuando nuestra angustia no mejora el estado del otro, ni tan siquiera permite al otro sentirse como se siente, es cuando hay que dar paso a la empatía útil.

Cómo practicar una empatía sana y útil

Nuestra propuesta, por tanto, no es dejar de preocuparnos y ayudar a quien queremos, sino aprender a hacerlo de forma más adecuada. Resulta más fácil decirlo que hacerlo, pero la primera etapa de la empatía saludable empieza prestando atención a aquellos que nos importan.

Estas serían algunas de las claves para desarrollar una empatía saludable para nosotros y útil para los demás:

  • Poner nuestra agudeza sensorial al servicio de nuestro interlocutor puede ayudarnos a comprenderle mejor sin invadir su experiencia.
  • Observar, escuchar y permitirse sentir es el paso previo a un buen acompañamiento; interesarse por el otro, preguntándole y mostrando interés, puede ayudarnos a formarnos una idea más clara de lo que está viviendo.
  • Si un consejo dado nunca es seguido es un indicador de queno estamos siendo suficientemente empáticos… o de que quizá lo estamos siendo demasiado. Sería preferible adoptar un enfoque del tipo «no sé» que nos permita calibrar, sin ideas preconcebidas, aquello que la persona está vivenciando.
  • Si somos capaces de enfocar nuestra atención sin actuar precipitadamente ni enjuiciar podemos abrir la puerta a una conexión de confianza que nos conduzca a la empatía genuina. Por el simple hecho de ser mirada desde esa perspectiva la persona se siente validada sin sentirse juzgada, lo que amplía la posibilidad de comprender al otro.
  • La empatía podría ser definida como el arte de que el otro se sienta comprendido, aunque ese arte no se basa tanto en comprender como en ser capaz de enviar señales inequívocas de que podemos entender lo que le ocurre al otro.
  • Ratificar la experiencia del otro da lugar a un buen acompañamiento que facilita cualquier acción posterior. A diferentes niveles el mensaje es: «Entiendo lo que pasa y valido cómo te sientes. Está bien sentirse así». Ese es el punto crucial.
  • En los momentos de alegría y felicidad poder experimentar la posición del otro nos garantiza acompañar la experiencia de manera más rica.

Este es el sentido de la empatía: conectar con la experiencia de quien nos importa para crear un campo de comprensión entre ambos que le permita al otro encontrar la fórmula de gestionar lo que le acontece.

Equivaldría a poder admirar la cruz que lleva la otra persona y ofrecerle un reconocimiento ante tan pesada carga. Esa podría ser una eficaz manera de ser empático.

La base de la empatía útil es poder mirar a la persona como a esa criatura que experimenta una emoción o una situación concreta y hacerle saber, simplemente, que está bien sentirse así.

¿Dónde te sitúas ante el problema de los demás?

En cada situación existen, por lo menos, tres posiciones de percepción.

  • La primera hace referencia a uno mismo: ¿cómo percibo lo que pasa?, ¿qué pienso acerca de ello?
  • La segunda posición se refiere a cómo el otro vivencia la experiencia: ¿cómo sería esta situación si yo fuera el otro?
  • En una tercera posición visualizamos lo que está ocurriendo en ese instante, somos los observadores.

No es raro estar anclados en la primera posición y considerar la realidad solo desde nuestro punto de vista; es ahí donde puede resultar enriquecedor ponerse en la segunda.

En una discusión equivaldría a ser capaz de enfundarse en el papel del otro para experimentar la situación desde ahí. La empatía es una manera emocionalmente inteligente de emplear este cambio de perspectiva.

La asertividad, en cambio, es la capacidad de ponernos en la primera posición, es decir, volver a nuestro propio lugar. Una persona que ejercita el don de colocarse en la piel del otro puede anticiparse a lo que el otro va a sentir y ser de gran ayuda en momentos de dificultad.

Ejercicios para desarrollar la empatía

Cuando nos cuesta empatizar con alguien, una buena manera de empezar puede ser practicar un par de veces por semana la siguiente propuesta:

  • ¿Cómo sería mi vida si fuera él o ella? Este ejercicio no debería durar más que unos pocos segundos. Por ejemplo, si uno de nuestros hijos se muerde las uñas, podemos preguntarnos: «¿cómo sería morderme las uñas? ¿Qué aporta eso de satisfactorio?».
  • Si tiendes a empatizar demasiado, pregúntate: «¿me sienta bien esto que pasa? ¿mi sufrimiento atenúa el dolor del otro?»

Poner en marcha este tipo de empatía creativa nos acerca al prójimo y brinda opciones para ver las cosas de otra manera.

Al principio ambas prácticas no resultan fáciles, pero perseverando se logran mejoras en poco tiempo.